MARIO (en espanol)

MARIO
-SERIES CARTAS DE UN CABALLERO – UNA LECTURA DE 30 MINUTOS –

Por Jamie Lake

Traducción Lorena De Isla Lingow

CAPÍTULO 1

Su nombre era María.
Al menos, así es como él la llamaba, y desde que se había separado de ella, deportado desde los Estados Unidos hasta su ciudad natal en México, él no la había sacado de su cabeza. Diez años— ¿en verdad ha pasado tanto tiempo? Algunas veces, se sentía como si el tiempo no hubiera pasado en lo absoluto, como si hubiera sido solo ayer cuando él se sentía completamente contento. Feliz. Otras veces, se sentía como si una vida entera hubiese pasado. Una vida en la que el universo era tan grande alrededor de él, que sentía que se ahogaba en el vacío. Una vida en la cual se sentía presionado y estancado en el camino de vida que tenía por delante, que no podía respirar. El Desamor era claustrofobia. El Desamor era estar perdido. El Desamor era el infierno.
Mario mojó su trapeador en la cubeta con agua enjabonada y lo salpicó en el duro piso de imitación de mármol de la primaria. El agudo olor de detergente impregnado en su nariz. Apestaba a años de residuos de jabón, decepciones y sueños rotos. Se secó la ceja con el dorso de la mano, el sudor debajo de su fleco que se acomodaba de regreso sobre sus ojos lo hacía sentir sucio. Su cabello greñudo, largo, cubría sus ojos. Las cosas eran más fáciles cuando el contacto visual no podía pasar por accidente. Comoquiera, no muchas personas lo veían: los chicos por lo general lo rodeaban al correr por los pasillos, los maestros muy apenas decían “con permiso” cuando se tropezaban con él por accidente. Para ellos, él era invisible, y, aunque a veces dolía, así era mejor. No conversar significaba que no hay conexión, y no tener conexión significaba que podía protegerse de sentir algo. Si tenía suerte, no volvería a sentir otra vez.
Habían sido los 70’s, un tiempo en el que el ritmo disco se convirtió en un himno nacional, aun en México. Una época en la que el mundo todavía daba vueltas por el Movimiento de los Derechos Civiles y se ahogaba a sí mismo en drogas, licor y música para insensibilizar el impacto que el cambio había producido. Y aun así, no había sustancia en el mundo que pudiera evitar que él pensara en ella. Podía oler su esencia, fresca como una mañana después de una tormenta de verano. Podía saborear sus labios, ese dulce sabor que se había mezclado con la sal de sus propios labios creando un sabor nuevo, único. Podía ver su cabello, brillando con los rayos de sol dorados, de esos cálidos meses de verano en el viñedo, donde la vio por primera vez. Ella había sido su amanecer y su anochecer. Su principio y su final. Su sonrisa le había prometido que todo estaría bien y que todo era posible, mientras se tuvieran el uno al otro.
Ahora, él estaba solo.
Todo lo que tenía como compañía eran los secos cadáveres de recuerdos bastante lejanos, los ecos de su voz en el vacío que ella había dejado. Sus últimas palabras para él le habían acuchillado el corazón una y otra vez desde el momento en que las dijo. Nunca había sentido un dolor como ese, y él estaba seguro de que si lo sentía de nuevo, moriría. Así que ahora, trataba de ser insensible. Se obligó a olvidar que alguna vez había sabido qué era sentir, a realmente estar vivo. Nunca volvió a sonreírle a la gente como antes lo hacía; ya tampoco lloraba con las películas. Raro era el día en el que dejaba que su temperamento saliera a la luz, aunque fuera un poco. La insensibilidad era su armadura protectora; él estaba seguro de que, si se abría a sentir de nuevo, todo el dolor que él había sentido ése día regresaría al él en un santiamén. Él no podría sobrevivir a eso otra vez. Apenas sobrevivió la primera vez.

No era el lugar donde Mario había querido estar a esta edad. Él casi tenía 34 años – el mejor momento de su vida. Para este momento, él esperaba estar casado, tener hijos de alguna manera, haber viajado por el mundo con la persona que amaba – María. Ellos solían pasar las noches soñando acerca de un futuro juntos: su casa, la familia por la que harían lo que pudieran para construirla. Él imagino que él llegaría a su hogar, a su simple pero hermosa casa después de un largo día de trabajo – trabajo de verdad, no limpiando detrás de gente descuidada y sucia quiénes apenas notaban su existencia – y caminar a través de la puerta para oler una deliciosa cena en la estufa. María le daría la bienvenida con un cálido abrazo, diciéndole cuánto lo había extrañado todo el día, y él probaría el vino en sus labios cuando la besara. Ellos no hubieran necesitado ser ricos. Ellos hubieran tenido algo mejor: Amor.

Pero esa era una fantasía. Se sentía tonto siquiera dejando ese pensamiento deslizarse en su mente, otra vez. Él lo forzó a salir fuera de su mente mientras sumergía el trapeador en la cubeta y jalaba la palanca para exprimirle la peste. Si María lo viera ahora, solo, en el corredor, trapeando un sucio suelo, probablemente se desmoronaría y echaría a llorar. Esto estaba tan lejos del futuro que ellos habían soñado. Pero igual, quizás a ella no le importaría. Ella le dejó muy en claro que ella no quería tener nada que ver con él, que ella estaba cansada de esperar. Ahora, él era el que estaba esperando por alguien que nunca vendría, y él tenía el resto de su vida para hacerlo.
El pensamiento era agobiante. Él recargó su trapeador contra la pared y se dejó caer sentándose en la escalera. Sus piernas y hombros le dolían de trabajar toda la noche, y ya era bastante después de horas de oficina, así que él estaba seguro que nadie lo cacharía descansando. Él aún tenía un segundo trabajo al cual ir antes del amanecer. Ganando el sueldo mínimo, tenía que tener dos trabajos para mantenerse a sí mismo y a su madre moribunda. Gracias a Dios, su prima la estaba cuidando ahora, así él podía ir a trabajar y tener un bien-necesitado descanso de cuidar de ella.
Él sacó un paquete de pastelillos rellenos de crema de su bolsillo izquierdo. Los había comprado, más temprano, de la máquina expendedora, y estaban aplastados y tibios por haber estado en su bolsillo por tanto tiempo. Él sumergió su dedo en el glaseado y luego se lo metió en la boca. La ácida dulzura amenazó jalarle de nuevo a otro recuerdo con María. En vez de eso, rellenó su boca de una vez, con toda la tibia y dulce mezcla. Una pequeña probada de cielo cuando todo lo demás en su vida parecía el infierno.
“Feliz cumpleaños,” se dijo a sí mismo.
Él estaba solo en su cumpleaños, otra vez, y solo para añadir sal a su herida, metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un viejo pedazo de papel doblado. Era la carta que él había traído consigo por los últimos diez años: la última carta de María para él. Él siguió la letra manuscrita con su dedo. Su nombre estaba escrito de la forma en que ella lo pronunciaba, ondulado y hermoso, como una obra de arte. ¿Por qué se hacía esto? ¿Por qué volver a vivir ese doloroso día una y otra vez, día tras día, año tras año?
Él no lo podía evitar. Esta carta era todo lo él tenía de ella, tan doloroso como era. Respiró profundamente y la abrió, sus manos temblaron tanto como el día en que la había recibido. Pero ese día, el temblor había sido de emoción, porque él estaba muy contento por tener noticias de ella.
Él no sabía del dolor que contendría la carta para él.

Querido Mario,
No puedo decir que estoy sorprendida, pero no voy a mentir. Estoy decepcionada. Me dijiste que para ahora, ya estaríamos juntos, que de alguna manera lo haríamos realidad. Me dijiste que huiríamos juntos. Eso fue lo que dijiste, me lo prometiste.
Siento mucho saber lo de tu mamá. En realidad lo siento. Pero no puedes vivir su vida por ella. Esto no es acerca de ella. Esto es acerca de nosotros. Tú y yo.
Lo prometiste.
Y ahora me mentiste. No puedo decirte lo mucho que me duele hacer esto, pero he esperado cinco años, y simplemente ya no puedo esperar más.
Está claro que tú no me amas tanto como yo te amo. Yo pensé que sí, pero está claro que me equivoqué.
Buena suerte, Mario. Gracias por la alegría que trajiste a mi vida. Espero que encuentres lo que estás buscando.

Adiós,
María

Mientras Mario leía, una lágrima rodó por su mejilla. Su garganta estaba tan cerrada que le era difícil respirar. Le dolía tanto como el día que la leyó la primera vez. Él sabía que había lastimado a María, ¿pero qué opción le quedaba? Su madre lo necesitaba. Él no podía haberla dejado sufrir sola mientras él huía con su amor. Mario era el hijo de su madre, era todo lo que ella tenía. Él sabía que cinco años era mucho tiempo para esperar, pero él había imaginado que María lo amaba lo suficiente como para esperarlo por siempre.
Él había estado equivocado.

Limpiando las lágrimas de su mejilla con la manga de su desgastado uniforme de conserje, Mario meneó su cabeza como para borrar los recuerdos.
Se supone que no sientes nada, ¿recuerdas?
Él volvió a meter el papel doblado en el bolsillo de su chaqueta. La desdicha tenía que esperar para otro día. Él se levantó. Los últimos rayos de sol inclinados a lo largo de las paredes, se habían desvanecido, y el corredor estaba oscuro. Todo el color había sido succionado fuera del mundo. Mario tomó otra vez su trapeador para terminar de limpiar y poder irse a casa. Tenía que ver de nuevo cómo estaba su mamá antes de comenzar el turno de noche en su siguiente trabajo o no se la iba a acabar.
Y en éste momento, eso era la última cosa que el necesitaba.

CAPÍTULO 2

“¿Por qué no me llamaste?” Mario demandó saber. Su prima Paula estaba claramente estresada como estaban las cosas y él se arrepintió de inmediato por preguntarle.
Su madre estaba acostada en la cama, pálida y sólo medio consciente, jadeando dolorosamente con cada respiro que luchaba por inhalar. De tiempo en tiempo, ella se volteaba inquieta, murmurando palabras incomprensibles, revueltas. Ella estaba en un estado mucho peor a como ella se encontraba, cuando él la había dejado esa mañana. Él había pensado que dejándola con su prima significaría que ella estaba segura por un rato, pero era claro que había estado equivocado.

“Lo hice, pero nadie contestó en la escuela,” dijo su prima, con cara de preocupación. “Ella no dejaba de gritar llamándote.”
Mario cerró sus ojos y se recargó pesadamente contra el vestidor. Nunca terminaba. Él salió de un miserable trabajo para llegar a un hogar miserable antes de irse a otro trabajo miserable.
“¿Qué era lo que gritaba esta vez?” Mario preguntó.
“Ella decía que necesitabas limpiar el cobertizo.”
Eso sonaba como su madre: enferma como un perro, pero nunca demasiado frágil para tratar de manejar su vida por él. Cobertizos, nunca los ves en México, nunca, pero su padre insistió en construirlo en su propiedad porque él decía en América hay por todos lados – una de muchas cosas que su padre le contó acerca de Estados Unidos, América era la tierra prometida. Mario suspiró y camino hacia un lado de la cama de su madre.
“¿Qué dijo el doctor?” preguntó él a su prima.
“No hay mucho más que podamos hacer,” contestó su prima. “Ella se negó a verlo lo suficiente como para hacer un diagnóstico apropiado.”
Mario sintió que tenía un nudo en el estómago. Él sabía que este día llegaría eventualmente, y tan difícil como era ver a su madre sufriendo, así era de agotador cuidar de ella, y aunque él algunas veces la odiaba, por ser la cadena que le impedía seguir adelante, para estar con la persona que amaba, ella aún era su madre.
“Feliz cumpleaños,” su prima le murmuró en el oído mientras le daba un rápido beso en la mejilla.
Él se inclinó para poder ver mejor a su madre. Su sudorosa frente estaba ardiendo, pero su pequeña mano estaba helada. Este pequeño pueblo Mexicano no tenía los mejores doctores, y el hospital más cercano estaba a cuatro horas de ahí – un viaje demasiado largo para una mujer anciana en su condición. La única cosa que podían hacer era rezar para que ella saliera de esto o esperar por su muerte. Haciendo a un lado el suave cabello de su rostro, Mario besó la frente de su madre. Su piel era suave y sin arrugas, un fuerte contraste a lo dura que ella era en el interior.
Era tan extraño ver a su madre así: débil y temblorosa, un simple cascarón de quien ella había sido antes de enfermarse. Ella siempre había sido pequeña, pero una pequeña planta de energía, bien conocida en su pueblo por su fuerza y convicción. La gente sabía que no debían hacerla enojar, y aunque raramente levantaba la voz, ella se las arreglaba para mantener a raya a su familia y vecinos. Cuando ella te lanzaba esa mirada maléfica de ella, tú dejabas de hacer lo que sea que estuvieras haciendo inmediatamente, sabiendo que ella hablaba en serio. Dios guarde la hora si ella te cachaba hablando o tonteando en la iglesia.

La gente siempre le había dicho a Mario que él debía ser igual de fuerte que su madre, si él podía vivir bajo su régimen y aun así arreglárselas para ser él mismo. Pero ahora, después de diez años de cuidarla, saltando cada vez que ella chasqueaba sus dedos, Mario ya no estaba seguro si todavía sabía quién era él. Él no era un pusilánime – lejos de eso, él defendía sus convicciones – pero, tan fuerte y macho como él era, su madre mantenía alguna clase de poder sobre él.

La anciana mujer tosió y sus ojos parpadearon ligeramente para cerrarse. Ahora ella estaba dormitando. Su prima caminó de puntitas a través de la habitación para recoger su bolso y calladamente se deslizó afuera. Ya era tarde y ella tenía que irse a casa y se fue tan rápidamente como pudo. No es que la culpara por ello, cinco minutos con su madre era suficiente para deschavetar a cualquiera.
Mario tendría que ir al teléfono público más cercano y llamar a la fábrica para decirles que no podría ir a trabajar esa noche. Su jefe había dejado claro que si él faltaba una vez más al trabajo, estaría despedido. Pero ¿qué elección tenía Mario?
Esa noche, él durmió en el sillón a un lado de la cama de su madre hasta que la tos de ella lo despertó. Sólo una delgada línea de luz era visible en el espacio entre las oscuras cortinas, pero ya era de mañana. Su madre había logrado pasar la noche. Ella se las arregló para sentarse y decir, “Bueno, ¿te vas a quedar sentado ahí o me vas a traer un vaso de agua?”
Mario se talló sus ojos. “Y buenos días para ti también, Mami,” contestó él, contento de ver que al menos su enfermedad no había cambiado su personalidad. Ella estaba enferma, pero ella todavía no estaba perdida.

“No te hagas el simpático,” ella gruñó arrugando sus labios.
“¿Te sientes bien?” le preguntó a ella.
“Tengo neumonía, ¿tú qué crees?” Su voz estaba temblorosa, pero aún tenía ese mismo fuego en sus ojos. “Agua, hijo. Agua.”
“Sí señor,” dijo Mario, levantándose entumecido de su sillón.
“No creas que estoy tan enferma como para no aventarte un jarrón,” ella resolló.
Ellos muy seguido tenían una juguetona batalla de palabras entre sí. Era la cosa más cercana al amor, que él había experimentado, de parte de ella. Aún desde su cama de enferma, su madre todavía podía ordenarle hacer cosas con la mejor batalla de palabras. Todavía había esperanza.
Su voz ganó fuerza, y dijo en su antiguo tono salado, “Y por amor de Dios, ¿vas a limpiar ese cobertizo del patio trasero? ¡Es una pocilga!”
En la cocina, él tomó el vaso favorito de ella, lo puso bajo la llave del agua y observó subir el nivel del agua. ¿Por qué estaba ella pidiéndole limpiar el cobertizo precisamente ahora? ¿No podía eso esperar? O ella no tenía ni pista de se estaba muriendo, o esperaba simular que no era así. De cualquier manera, ella aún estaba dirigiendo su vida. Él cerró la llave del agua y caminó de regreso a la recámara donde ella lo fulminó con la mirada.
“¿Me estás tratando de matar? ¿Por qué te tardaste tanto? Me estoy muriendo aquí.”
“Le puse un poco de veneno para ratas para añadirle algo de sabor,” bromeó él.
Ella lo miró fijamente. “No me sorprendería,” contestó ella burlonamente.
Aclarando su garganta, ella le arrebató el vaso a él y le dio un trago. El agua salpicó en la manta porque su mano estaba temblando muchísimo, pero ella no se dio cuenta – si se hubiera dado cuenta, le hubiera echado la culpa a él. Ella tragó con dificultad. El doctor le había dicho que su garganta estaba lastimada de tanto toser.
Hundiéndose de nuevo en sus almohadas, su madre dijo, “Gloria vino más temprano con su esposo. Es bonito cuando la gente te convierte en una prioridad en sus vidas.”
Así que, ella está comenzando la mañana con una buena dosis de culpa, Mario pensó.
Por cierto que su madre había enfatizado la palabra esposo, Mario sabía exactamente a dónde se dirigía ella. Ella siempre había querido que él se diera por vencido con lo que ella describía como un sueño de opio, acerca de casarse con María y mejor se casara con Gloria. Él también lo había considerado, después de la última carta de María, pero él no había logrado convencerse a sí mismo de hacerlo. La idea de que los dedos de alguien más trazaran caminos de fuego sobre su pecho, que los labios de alguien más estuvieran donde los labios de María debían haber estado, simplemente se sentía mal.
“Escuché que ella va a tener un bebé,” estaba diciendo su madre. “Hubiera sido bonito haber vivido lo suficiente para ver a mis propios nietos,” ella añadió. “Creo que eso no va a suceder pronto.”
Mario se volvió a dejar caer en su sillón al lado de la cama de ella y lentamente giró su cuello para estirar los músculos. Dormir sentado lo hizo sentirse todo adolorido. La recámara, pequeña y oscura, pareció cerrarse alrededor de él mientras escuchaba a su madre seguir y proseguir acerca de cómo otras mujeres de su edad tenían nietos con quiénes jugar y que ella nunca tendría. Él se las arregló para suprimir su enojo que iba en aumento y se mantuvo callado. Normalmente, sus reclamos lo hubieran puesto al borde, pero escuchar sus pulmones llenos de flemas, batallando para hacer salir las palabras, oír los sibilantes resuellos de su respiración, él no tenía ni el corazón ni la fuerza para discutir con ella. Él no quería que la última conversación que tuvieran, fuera una pelea.
En vez de eso, el trató de mantenerse alegre – un estado de ánimo que en éstos días, era muy extraño para él. “Nietos, bueno… nunca sabes que traerá el futuro,” dijo él, haciendo su mejor esfuerzo por sonreír.
Su madre volteó sus ojos hacia arriba en señal de fastidio. “Bueno, yo me voy a ir pronto, así que podrás hacer lo que te pegue tu gana.”
Esas palabras – lo que te pegue tu gana – traían cola. Había algo en la mente de su madre, algo que ella estaba conteniéndose de decir. Y eso, Mario sabía, era algo grande. Normalmente ella no tenía problemas en decir exactamente lo que estaba pensando, no importando a quién hería. Así que, ¿qué estaba pasando aquí?
Pero en vez de explicar más, ella continuó despotricando. “Me sorprende que hayas venido a casa en vez de dejarme morir sola. Parece que estos días haces lo que sea por no estar cerca. ¿Fui tan mala madre para ti? ¿Lo fui?”

Ella estaba poniendo más culpa solo para molestarlo, y se le estaba haciendo más difícil callarse la boca. El resentimiento ardió en su pecho como una flama, y su intensidad lo tomó por sorpresa. Cuando trató de tragárselo, sintió amargura en su garganta. Le tomó toda la voluntad que tenía para no entrar en su combate. Ni siquiera se había acordado de su cumpleaños. Pero ella estaba débil. Él podía ver eso, aunque ella trataba de ocultarlo lo mejor que podía, así que todo lo que él dijo fue, “Para nada, mami. Tú eres una maravillosa madre. Solo es que tengo que trabajar para que podamos tener-“
“Pensé que te había enseñado a mentir mejor que eso,” ella refunfuñó. “Bueno, ve a hacer algo útil si quieres tanto tiempo para ti solo, y limpia ese maldito cobertizo. Paula me dijo que ahí es un nido de ratas.”
¡El maldito cobertizo otra vez! ¿Por qué estaba tan obsesionada en eso?
“Si, su majestad,” dijo él, sonriendo afectadamente.
“Te juro que te voy a aventar ese florero,” ella advirtió.
“Seguro, Mami. Lo haré un poco más tarde.”
Ella le lanzó una mirada fulminante. “¿Realmente vas a hacer que lo vuelva a decir en mis últimas horas?”
Su pequeño cuerpo se alzó encorvado en la cama, recordándole a una cobra lista para atacar. Aun ahora, cuando a ella no le quedaba energía, su veneno era potente.
Él aprendió, hace mucho tiempo, que discutir con ella era solo una pérdida de tiempo; ella siempre ganaría y, macho como él era, ella heriría sus sentimientos con sus palabras. Así que él, forzó una sonrisa.
“¿Cualquier otra cosa?” el preguntó mientras se dirigía a la puerta de la recámara.
“No te quieras pasar de listo,” dijo ella, con una tos atormentando su frágil cuerpo mientras ella luchaba por aclarar su garganta. Cuando pudo hablar de nuevo, ella dijo, “Y quiero ese cobertizo, impecable y limpio.”

CAPÍTULO 3

No importa que tan odiosa fuera su madre, no importa qué tan dominante ella había sido la mayor parte de su vida, Mario estaría triste al decirle “adiós”.
Después de todo, ella lo había traído a este mundo.
Ella siempre había estado ahí para él, sosteniendo su mano a través de los mejores y peores momentos de su vida, a su manera – aun y que eso fuera, en parte, porque ella pensaba que él no podía permanecer por sí mismo en sus dos pies o porque ella quería mantener sus tentáculos de control sobre él o quizás porque ella no quería que él se fuera a vivir su propia vida.
Él sabía que debería pasar el poco tiempo que le quedara con ella – sus “últimas horas,” como ella las llamaba – a su lado, pero también sabía que esas horas simplemente serían miserables si él no hacía lo que ella le decía. Así que, fue a limpiar el cobertizo. Aunque la mañana todavía era joven, ya estaba haciendo un calor abrasador. El sol golpeaba en su cabeza y cuello mientras él caminaba pesadamente a través del seco césped color café del patio trasero, hacia el cobertizo, el cual era una pequeña estructura de madera con pintura roja despostillándose de las paredes. Tomando la llave que colgaba de la rama de un árbol cercano, él abrió la vieja y oxidada cerradura y jaló la mohosa puerta para abrirla.
El olor a aire rancio y madera de cedro le golpeó abrumadoramente con recuerdos. Él ahora comprendió. El cobertizo estaba lleno de fantasmas. Aquí fue donde él y su primo Paco, el hermano de Paula, habían jugado a las escondidas, agachándose en la oscura esquina detrás de la podadora de césped, aunque su madre había dejado claro que no quería que jugaran ahí dentro alrededor de todas las herramientas afiladas. Aquí era donde su madre guardaba todo lo que alguna vez le perteneció, o le recordaba a, su “bueno para nada” padre – cosas que ahora estaban polvosas, mohosas, carcomidas por polillas u oxidadas. Habría hecho mejor si ella simplemente las hubiera quemado o tirado. Pero, de nuevo, él sabía cómo el amor te puede dejar hecho nudos en un retorcido caos. Aun y que su madre dijo cosas terribles acerca de su padre, Mario sabía que ella aún mantenía la antorcha encendida por él. Aún y que ya habían pasado veinte años desde que ella lo había visto, ella había guardado las cosas en este cobertizo porque secretamente tenía esperanza, en su corazón de corazones, de que él regresaría algún día. Era un sueño bastante descabellado, ¿pero no estaba haciendo él la misma cosa en lo que respecta a María?
No, resolvió él. Yo nunca seré como ella. Si tengo hijos, seré bueno con ellos y los dejaré vivir sus propias vidas. Ellos no merecen sufrir porque yo estoy amargado por tener el corazón roto.
Aunque, su madre no siempre había sido amargada. Hubo tiempos cuando ella había sido mucho más feliz, usualmente después de una de las escasas visitas de su padre. Él los visitaba un puñado de veces al año. Su madre nunca le daba la bienvenida con los brazos abiertos, al principio – ella reclamaría dónde había estado, le gritaría por haberla abandonado y cuidar al hijo de ambos ella sola, y le aventaría platos y jarrones hasta que Mario corriera y se escondiera debajo de su cama para evitar los vidrios quebrados, tapando sus oídos con sus dedos para no poder oírlos gritar. Pero entonces, de repente, los gritos cambiarían a gemidos de placer, y su madre gritaría el nombre de su padre, y la batalla sería seguida por una de esas apasionadas sesiones de hacer el amor ruidosamente toda la noche, que hasta los vecinos a kilómetros de distancia podían oír.
En la mañana, la luz de sol estaría entrando en la cocina, y cuando Mario entraba para el desayuno, el encontraría a su padre sentado a la mesa, leyendo el periódico y tarareando una alegre canción folclórica Mexicana, y su madre frente a la estufa, cocinando el desayuno favorito de su padre. Su padre saludaría a Mario con un gran abrazo y lo sentaría en su regazo, y luego alcanzaría a su esposa para darle una nalgada en el trasero, haciéndola gritar y darle un golpe juguetón con su espátula.
Por supuesto, la pelea volvía a comenzar de nuevo pronto – su padre anunciaría que él tenía que irse otra vez, y su madre mandaría el desayuno en el sartén, volando a través de la habitación para embarrarse en la pared, y el griterío se haría aún más alto que la noche anterior. Pero Mario, escogía recordar esos breves, felices recuerdos, de cuando sus padres estaban juntos.

Por muchos años, el padre de Mario vino y se fue. Pero luego, un día, su padre se fue y nunca regresó. Ni siquiera para Navidad, ni siquiera para el cumpleaños de Mario. Él no llamó o envió una sola carta.
Secretamente, Mario culpaba a su madre. Ella había alejado a su padre, igual como había alejado a casi todos en su vida. Parte de Mario, aunque él odiaba decirlo, sentía como que ella se merecía lo que tuvo. Si ella moría amargada y sola, era todo culpa de ella.
Hasta estuvo a punto de hacer que Mario se alejara, en sus peores momentos. Cuando ella estaba enojada, le dijo que él había sido un error – no un símbolo del breve pero fugaz amor de ella y su padre, sino un accidente no deseado. Cuando Mario nació, él destruyó su oportunidad de hacer algo de ella misma, de convertirse en una gran actriz como ella había soñado. En vez de eso, ella se tuvo que conformar con ser una maestra de gramática en la escuela, y ella nunca lo perdonó a él o a su padre por ello.
“Pude haber sido alguien,” ella solía decirle a Mario una y otra vez. “Yo era mucho mejor que cualquiera otro en mi universidad.”
Por mucho tiempo, Mario y su madre se culpaban el uno al otro por hacer que su padre se fuera. Pero cuando Mario creció y se convirtió en un hombre, él se dio cuenta de que la culpa no solo era de su madre. Su padre había hecho la elección de casarse con ella hacía mucho tiempo. Él había escogido la vida que hubo tenido con ella. ¿Quién era él para salir corriendo y huir?
Cobarde, Mario pensó. Pusilánime cobarde.
Algunas veces, Mario se imaginaba que su padre había muerto en algún horrible accidente o en una pelea de cantina. Eso es lo que él merecía, pensaba él amargamente, y luego pedía perdón por pensarlo. No solo era amargura lo que lo hacía pensar de esa forma. Si su padre había muerto, entonces había una razón por la cual él no había regresado a visitarlos, por la que no les había llamado o siquiera escrito. Había una razón por la cual Mario había quedado solo para cuidar a su madre, para poner su propio amor en espera.
Pero cada pocos años, él había oído a algún amigo o pariente decir que ellos habían visto a su padre, usualmente desmayado afuera de un bar o en un callejón. Otros decían que él estaba mucho más feliz, sobrio – un hombre que-iba-a-la-iglesia con una nueva familia.
¿Una familia que era mejor? Mario siempre se preguntaba. ¿Una familia que él podía amar?
Ahora él meneó su cabeza, tratando de detener la inundación de emociones que se elevaba en su pecho, miró, con los ojos entrecerrados a través del polvo que flotaba en el aire en el oscuro cobertizo, a las cajas apiladas y montones de basura. ¿Por dónde empezar?
Pensó que comenzaría con la caja que estaba justo en frente de él. Pero mientras levantaba la caja, algo le pareció fuera de lugar, como si hubiera sido movido recientemente, algo atrapó su mirada.
Un sobre.
No era un sobre con letra de máquina como en el que viene una factura de gas, sino un sobre que tendría una carta personal. Él lo levantó y, aunque era difícil ver claramente porque él no había tratado de jalar la oxidada cadena que encendía el foco suspendido del techo, él reconoció inmediatamente la escritura.
Esa letra manuscrita hizo que su corazón diera un vuelco. María, decía el sobre. Una oleada de emoción recorrió su cuerpo, y había sido tanto tiempo desde que él se había permitido sentir algo, que la emoción lo hizo sentirse mareado.
¿Era alguna carta que él había leído y perdido? No. Él la volteó y vio que el sobre aún estaba sellado. Nunca había sido abierto. Él trató de pasar saliva, pero su boca se había secado. En el calor húmedo y rancio del cobertizo, se sintió aún más mareado. Su lengua se sintió gruesa y sus dedos estaban entumecidos. Se tambaleó con el sobre mientras lo levantaba para poder verlo mejor en los rayos de luz que entraban por las grietas de las paredes del cobertizo. La fecha en el frente decía Octubre – un mes completo después de la última carta que él había recibido de ella.
Si abría la carta, él estaría abriendo su corazón a un nuevo mundo de dolor. Quizás era mejor solo quemarla y dejar que la carta que él había guardado consigo todos estos años fuera su último recuerdo de ella, para así él, finalmente, continuar con su vida.
Es hora de dejarlo ir, se dijo a sí mismo por enésima vez. Sólo destrúyela. Nunca vuelvas a pensar en esto otra vez.
Él apretó el sobre, preparado para romperlo en una docena de pedazos… pero algo lo detuvo. La carta debía tener unos diez años, pero aún y si le rompía su corazón de nuevo, aún y si ésta no podía hacer nada para cambiar su desesperanzado futuro, el simplemente tenía que saber que había en ella.

CAPÍTULO 4

Antes de abrir la carta, Mario salió del cobertizo. Aún bajo el brillante sol, él estaba temblando. El suelo bajo él se sintió como si temblara. Tuvo que recargarse contra un lado del cobertizo para permanecer de pie. Los recuerdos se apoderaron de él. No podía dejar de pensar acerca de la última carta que él le había escrito a ella, en respuesta a la áspera carta de ella, la cual él mantenía en su bolsillo. Aunque él la había enviado hacía más de diez años, él aún recordaba cada palabra que él le había escrito a ella, y él aún se arrepentía de cada palabra de esa carta. Si tan solo él hubiera tenido la oportunidad de hacerlo todo de nuevo. Pero no la tuvo, y como si quisiera torturarse a sí mismo, repasó en su mente su propia carta por milésima vez:
Querida María,
Te amo y no puedo creer que me cuestiones esto. Tú hablas acerca de promesas y tú prometiste quedarte conmigo sin importar cuanto tiempo tomara. Siento mucho no poder verte cuando quiero, en verdad lo siento, pero tengo que decirte que estoy decepcionado de ti por darme más presión de la que ya de por sí tengo.
Mi madre está enferma, no hay nada que pueda hacer al respecto. ¿Esperas que la abandone? Yo soy todo lo que ella tiene. Pensé en pedirte que esperaras un poco más. Pensé que me amabas lo suficiente para hacer eso, pero está claro que no es el caso.
Y si así es, si tu corazón te está diciendo que no puedes esperar más, haz lo que tengas que hacer.

Te deseo lo mejor. Te extrañaré.
Hasta que nos volvamos a encontrar,

Mario

Respiró profundamente pensando acerca de esas palabras – hasta que nos volvamos a encontrar. Una de sus lágrimas había caído sobre la hoja, haciendo que la tinta se corriera, pero las palabras aún estaban legibles. Oh, cómo se arrepentía ahora de haber escrito esas palabras. Si tuviera que hacerlo todo otra vez, lo haría. Pero había estado tan enojado ese día que lo escribió; él todavía podía recordar la rabia que lo invadió mientras se inclinaba sobre la mesa de la cocina, tachando palabras con su pluma, furioso con María por no comprender sus circunstancias y responsabilidades, por dudar que él la amaba y quería estar con ella, frustrado consigo mismo por tener que haberse permitido ser acorralado en una esquina y separado de ella, en primer lugar. Si tan solo él hubiera sido honesto con ella, en vez de cerrar la puerta al amor de los dos. Él y María siempre habían sido verdaderos el uno con el otro; esa era una de las muchas razones por las que él se había enamorado tanto de ella. Pero él le dijo “adiós” a ella, explicándole a su madre, si tu dejas a un pájaro en libertad y regresa a ti, estaba destinado a ser así.
Su madre resopló indignada. “Eso es una estupidez,” ella había dicho. “Te dije que ella no era buena para ti.”
Aunque sus palabras se sintieron como vinagre en una herida, él trató de verlo desde el punto de vista de su madre, especialmente porque los años pasaron y María nunca le volvió a escribir. Pero muy en el fondo había una tenue luz de esperanza, una flama que no había sido extinguida, un susurro que decía, Espera. María va a regresar.
Él era el hijo de su madre, ¿verdad? Ella siempre lucharía hasta el amargo final – tal y como ella lo estaba probando justo ahora en su cama en esa pequeña y oscura habitación mientras su frágil cuerpo le daba todo, rehusándose a morir.
Esa tenue luz de esperanza, ese susurro, habían estado en lo correcto. María había vuelto a escribir. Y aunque la carta había sido enterrada bajo esas cajas todo este tiempo, su corazón se aceleraba con las posibilidades.
Él enganchó su dedo índice bajo la solapa del sobre y lo rasgó para abrirlo.
Mientras su dedo se deslizaba por el papel, él podía sentir la impresión de la pluma que María había usado. Los rizos y lazos de su bien conocida escritura amenazando con arrasar con él de nuevo. Le tomó toda su entereza para mantenerse calmado y así poder leer las palabras de ella.

Querido Mario,
Tú sabes que no es fácil para mí decir lo siento. No es fácil admitir que lo que dije fue hiriente y que nunca debí haberlo dicho. Las últimas pocas semanas, he estado haciendo todo lo que puedo para permanecer enojada contigo, para olvidarte, pero la verdad es que, no puedo. La verdad es que, no te puedo sacar de mi mente. Yo sé que lo que dije fue hiriente. Yo sé que no lo puedes evitar, que has estado haciendo algo honorable haciéndote cargo de tu madre y que no podrías abandonarla para huir juntos, lejos, a miles de millas. Yo sé esto ahora, pero fui egoísta. Sabes, no solo te amo, estoy enamorado de ti. Y la verdad es que, no me puedo imaginar la vida sin ti. Si puedes encontrar en tu corazón, la manera de perdonarme, para olvidar todo lo que te dije y tan solo me dieras una oportunidad más, solo di la palabra y te prometo que esperaré por ti hasta que no haya luna. Ya no volveré a escribirte después de esta carta. Si no escucho respuesta de ti en un mes, entonces solo podré asumir, que seguiste adelante con tu vida.

Te Amo,
María

El corazón de Mario saltó cuando miró la fecha: hacía diez años. La carta estaba mohosa y amarillenta con los años. Diez años. Ella le había dado un mes para recuperarla, para asegurarle su amor por ella, para tomar el primer paso hacia el futuro juntos que ellos habían imaginado, y ella no había vuelto a escuchar de él en diez años.
“¡Pero yo nunca vi la chingada carta!” gritó frustrado. Mario había pensado que él nunca había conocido un dolor tan profundo como la herida de hacía diez años, pero ahora, mientras se imaginaba a María esperando que llegara el cartero, corriendo para tomar las cartas y buscar una con su escritura, y llorar de decepción cuando día tras día la carta no llegó, la agonía le perforaba como una lanza caliente, abrazadora. La culpa y arrepentimiento le rasgaron las viejas heridas abriéndolas, y ahora eran agonizantemente más dolorosas que nunca.
¿Por qué no había visto él esta carta? ¿Cómo podía el destino ser tan cruel? Él podía haberle escrito a ella, él podía haber ido con ella, la hubiera tomado en sus brazos y proclamado su amor por ella. Ellos podrían estar parados, ahora, con sus brazos rodeando el uno al otro, observando desde el porche trasero mientras sus hijos salpicaban y gritaban alegremente jugando con agua del aspersor en el césped. María riendo mientras los observaba, la cabeza de ella recargada en su hombro.
¿Pensaría ella en él ahora? Él se preguntó si su nombre surgía alguna vez. Si ella recordaba la imagen de él de vez en cuando. Él se preguntó si ella sonreía con los recuerdos agradables de lo que pudo haber sido – o si, cuando la gente le preguntaba acerca de él, con mirada inexpresiva ella decía, “¿Mario quién?”

Ya había pasado más de una década. Probablemente hacía mucho que ella se había olvidado de él. Seguramente, ella había encontrado a alguien más. Seguramente, algún otro hombre la había enamorado. Ella era un muy buen partido. María había continuado con su vida. Mario estaba seguro, y él estaba atorado en este agujero del infierno que él había creado para sí mismo.
El volvió a doblar la carta y la metió en el sobre. Ya no tenía caso fantasear ahora. Aquellas oportunidades, aquéllos tiempos, habían venido y se habían ido. Él regresó a la realidad. Él mejor tenía que ponerse a limpiar el cobertizo antes de que su madre tuviera otro ataque.

CAPÍTULO 5

“Bueno, te tomó bastante tiempo,” su madre se las arregló para decir entre resuellos. “He estado sentada en esta cama con absolutamente nada que hacer ni nadie con quien hablar.”
“Dicen que las plantas crecen más rápido si les cantas,” sonrió él señalando con su cabeza al cactus marchito en la esquina. “¿Por qué no tratas de hacer eso?”
“Igual que tu padre,” refunfuñó ella.
Mario se rio, aunque él sabía que ése comentario lo hizo para aguijonearlo.
Su madre gruñó a manera de respuesta. Inclinándose sobre su cama, Mario puso el dorso de su mano en la frente de ella. Todavía estaba ardiendo. Él sumergió un trapo en la cubeta de agua helada junto a la cama, lo exprimió y lo puso en la frente de ella. Combatir la fiebre era infructuoso; todo lo que él podía hacer era mantener la fiebre lo suficientemente baja para que ella no se sintiera miserable. Él se sentía impotente; él nunca había sido bueno en hacer a su mamá feliz. Él había fallado en eso la mayor parte de su vida.
Primero, él se había ido a Estados Unidos cuando tenía dieciocho años, con la esperanza de hacer suficiente dinero trabajando en los campos de fresas y los viñedos de uvas para enviar a casa y apoyarla. En vez de estar agradecida, ella lo acusó de haberla abandonado en su tiempo de necesidad. Siempre era, Mario lo sabía ahora, el “tiempo de necesidad” de su madre. Entonces, cuando él falló al no venir como un doctor o ‘algo útil’, como ella lo puso, su madre solamente meneó su cabeza y dijo, “Debí haber sabido que regresarías con las manos-vacías. Bueno, espero que no creas que te vas a quedar aquí.” Pero, claro que él esperaba quedarse ahí, y así lo hizo. ¿Qué otra opción tenía él? Además, ella necesitaba alguien que se ocupara de la casa y, ya sea que ella lo quisiera admitir o no, ella lo había extrañado.
“¿Qué tal algo de TV?” ahora él le preguntó a ella, tratando de alejar de su mente los desagradables recuerdos. El esperaba que un poco de TV los distrajera a ambos, haciendo que ella se olvidara de su dolor y que él se olvidara de la carta de María. “¿Tienes hambre?”
“No. Tú no podrías cocinar aunque te pidiera que me hicieras pan tostado. Y de cualquier forma, no hay nada en la TV. Es media noche” espetó ella, retorciéndose inquieta en la cama, tratando en vano de acomodarse para sentirse más cómoda.
Mario tenía una habilidad para mantenerse en calma y ser paciente, algo que recordaba que María amaba de él, también. “Casi es mediodía, Mami” él la corrigió suavemente. Se levantó y abrió las cortinas un poco para que más luz cayera dentro de la habitación. Su madre miró entrecerrando sus ojos debido a la repentina luz y refunfuñó.
“¿Estás tratando de dejarme ciega encima de todo lo demás?” gritó ella.
“Un poco de sol nunca mató a nadie. A menos que seas un vampiro. Oh, se me olvidó, deja la cierro,” él sonrió comenzando a cerrar la cortina.
“¿No puede una madre tener un poquito de respeto en sus últimas horas?” preguntó ella. “Bueno, ¿encontraste algo interesante allá afuera en el cobertizo? Te tomó bastante tiempo,” preguntó ella.
“Oh…Yo… no,” mintió él.
María no era un tema que él pudiera discutir con su madre. En realidad, él nunca podía hablar de relaciones con ella. Ella siempre había estado demasiado atrapada en la miseria de su propia relación fallida, como para ofrecer cualquier palabra de aliento o un consejo no contaminado. Además, él sabía lo mucho que ella siempre había odiado a María; alguien a quién ella nunca había conocido y a quien no tenía razón para odiar, excepto porque ella era la única persona que podía llevarse a su hijo.
“¿No?” le preguntó ella como si ella supiera bien.
No, él no se haría esto a sí mismo. Ya tenía suficiente con que lidiar. Él empujó sus preocupados sentimientos, rellenando la caja que tenía reservada en su corazón, para el pasado, y sellándola para cerrarla. “Solo unos viejos papeles, encontré la muñeca de tu madre, y una carta y un-“
Ella lo interrumpió. “¿Una carta?” dijo ella, como si hubiese escogido a mano esa palabra a pesar del intento de él de enterrarla en una larga lista de objetos.
Él se encogió de hombros. Quizás si él actuaba como si no le importara, él podría convencerla.
“¿Quién era el remitente?” preguntó ella, sus viejos días de la escuela de gramática resaltando de inmediato. Ella siempre le había enseñado a hablar con propiedad. “Solo porque eres del barrio, no significa que tienes que sonar como que lo eres,” ella se lo diría en su voz de maestra más estricta.
“Solo es que… de cualquier manera, tu probablemente ni siquiera la recuerdes. Era una carta de María,” dijo él. Se apuró a encender la TV. Necesitaba un cambio de tema y rápido. “Están pasando Betty la Fea. ¿Qué tal eso?”
“¿Recordarla?” Estoy vieja, no senil. Por supuesto, la recuerdo. ¿Cómo está ella?”
Hace años, su madre le había prohibido pronunciar el nombre de María en su casa. Pero ahora ella preguntaba como si realmente estuviera interesada, lo cual sorprendió a Mario. Los ojos de ella le taladraban la nuca hasta que fue forzado a voltear y enfrentarla.
“No lo sé. La carta era bastante vieja.” Dijo él, en realidad no queriendo hablar acerca de ello.
“Bueno, ¿no le has vuelto a escribir?” preguntó ella.
“Mami, eso fue hace diez años. Como dijiste entonces, si estaba predestinado a ser, hubiera funcionado.”
“Yo nunca dije tal cosa. Eso es una estupidez,” dijo ella, defendiéndose.
Él abrió su boca para decir algo, y enseguida la cerró. Quizás era mejor no decir nada. Él no quería discutir con ella, no en la condición en la que ella estaba. Pero el hecho de que ella negara decir algo que hubo tenido un efecto tan profundo en su vida y que lo cortó tan profundamente en su momento, hizo que su sangre hirviera.
“Fue hace mucho tiempo,” dijo él suavemente, mirándose sus zapatos. Él jugaba con un hilo que se estaba deshilachando de la bastilla de su camisa. “De cualquier manera, no importa.”
“Bueno, de lo que yo recuerdo, tú y ella anduvieron bastante clavados y cachondos,” dijo ella sarcásticamente.
Rebajando su profundo amor verdadero; algo que solamente sucede una vez en la vida a “clavado y cachondo” era una falta de respeto, pero él no iba a llevar esta conversación más allá de lo necesario.
“Éramos jóvenes. Fue un amor de adolescencia,” dijo él, arreglándoselas para dejar ver una sonrisa, mientras cambiaba los canales en la TV.
“La edad es solo un número. Amor es amor. Tu padre y yo nos conocimos cuando solo teníamos 15,” dijo ella, como si el comparar la relación de él con la de ella fuera una medalla de honor. Lo que ella no dijo fue que el padre de Mario la dejó cuando él tenía 17 y luego solo regresaba para Navidad y el cumpleaños de Mario – para comer, para hacer que la cabecera de la cama temblara y luego dejarla sola otra vez.
“Realmente no quiero hablar de ello, Mami,” dijo él, sentándose al final de la cama.
.”¿Y por qué no?” demandó ella.
Su ignorancia estaba haciendo que la temperatura de él se volviera a elevar. Molestarlo era el pasatiempo favorito de ella, pero él no iba a darle entrada a ella y perder esta batalla de voluntades. “Qué tal si te preparo unas tortillas con frijoles que deberán ayudar un poquito a tu estómago,” dijo él, levantándose y comenzando a salir de la recámara.
“Sólo las quemarás,” dijo ella, y continuó presionando sobre el mismo asunto. “Yo no entiendo, si amas a alguien tanto, por qué no continuaste amándola y te casaste con ella, o lo que sea que ahora hace la gente joven en estos días.”
“¡Porque tú me necesitabas!” Mario explotó, el bramido en su voz rebotó desde las paredes, sorprendiendo a ambos, a él y a su madre. Por mucho que hubieran discutido en el pasado, él nunca antes le había levantado la voz a su madre. Instantáneamente, él supo que fue un error. Pero era demasiado tarde. Había saltado la tapadera. Las negativas de ella de lo que le hizo pasar a él a través de todos esos años, de cómo ella trató de separarlos, de ella arruinando su única oportunidad de finalmente huir junto con María y ahora, pretendiendo que nada pasó, sólo trajo de regreso los años de frustración reprimida y un volcán de rabia. Él sintió toda esa agitación hirviendo dentro de él y se puso la mano en su pecho, seguro de que podría sentir el calor desde afuera.
Los ojos de su madre, al principio, muy abiertos de la impresión, ahora se estrecharon llenos de rabia.
“Ahora, me escuchas,” dijo ella en un gruñido. “Todavía soy tu madre.”
“¿Cómo lo podría olvidar?” dijo él. Él trató de tragarse el coraje, olvidar el resto de las palabras que él quería gritarle a ella, pero ahora que las palabras habían encontrado la salida, era difícil hacerlas irse otra vez. Él había estado reprimiendo sus sentimientos por María, tratando de no sentir, por años. Pero él, solo se había estado haciendo tonto.
“Mario, todavía no me muero. Si quieres tomar ese tono con tu madre, lo menos que puedes hacer es esperar hasta que el ataúd este sellado,” dijo ella. “Siéntate.” La voz de ella regresó a su tono áspero habitual.
Aunque Mario era ya un hombre, él sabía que no debía desobedecer a su madre. Él ya había cruzado esa línea. Él debía medir más de seis pies de altura y ella, tan pequeña como un pájaro; pero ella tenía una presencia imponente y un temperamento que todos en el pueblo preferían no tener que toparse. Él se sentó de nuevo, respirando agitado, viendo al piso.
Respira profundo, se dijo a sí mismo. Inhala. Exhala. Él contó sus respiraciones hasta que la rabia comenzó a disminuir.
“Mírame,” le dijo ella, y él de mala gana, así lo hizo. Su rabia aún estaba peligrosamente cerca de la superficie. “Ahora, todos tomamos decisiones en nuestras vidas y yo no siempre he hecho las mejores. Las cosas antes eran diferentes. Los tiempos han cambiado y yo… bueno, simplemente no quiero que te pierdas de algo que podría ser bueno para ti.”
Mario se quedó mudo. Eso era lo más cercano a una disculpa que él alguna vez había escuchado de su madre. Desde que él tenía memoria, nunca la había escuchado decir que ella quisiera algo bueno para alguien más que no fuera ella. Ella podía repartir críticas por todas partes, pero este ángulo era uno nuevo. Él la miró con escepticismo y se preguntó cuál sería su motivo ulterior. Ella era una maestra de la manipulación. Él esperó, todavía preguntándose si esta clase de discurso era alguna otra clase de insulto disfrazado. Él nunca podía bajar la guardia con ella.
“Ahora, escucha,” dijo ella. Su sibilancias comenzaron a dificultarle la respiración y la tos hizo erupción. Él se inclinó hacia delante, preocupado. No importa que tan enojado estuviera él, ella todavía estaba enferma, y verla así lo destrozaba.
“Mami, lo siento. ¿Estás bien?” le dijo tratando de acercarse a ella.
“Me estoy muriendo, ¿tú que crees?” y prosiguió. “No me interrumpas. Ahora, tú amas a esa… esa María tuya, tienes que escribirle de nuevo. Dile lo que sientes.”
“Mami, te estoy diciendo. Eso fue hace diez años. Ella… Ella siguió con su vida.” Decir esas palabras le quemó como un incendio consumiéndolo.
Su madre lo miró, levantando su ceja, “¿Ella…?” dijo su madre, haciendo énfasis en la palabra, con una sonrisa en su cara. Esa sonrisa hizo que algo en Mario saltara, y su cuerpo se sintió todo frío. ¿Acaso ella sabía?
“Si la amas como dices que la amas, y si ella te ama como siempre dijiste que ella te amaba, el tiempo no significa nada. Ahora, quiero que vayas a mi mesa de noche y saques una pluma y libreta. Tú vas a escribir esa carta, muchacho, y me la vas a leer antes de enviarla. El Señor sabe que no te voy a dejar que arruines otra cosa en tu vida antes de que me muera.”
Por un minuto, Mario solo se le quedó viendo, impresionado con sus palabras. Luego, fue a la mesa de noche y comenzó a hurgar alrededor buscando la pluma y libreta. Evidentemente, le tomó mucho tiempo hacer lo que le había dicho, porque ella ladró, “Bueno, ¿la voy a tener que escribir yo misma?”
“No, madre,” dijo él, volviéndose a sentar. La pluma se sentía pesada en sus manos y la libreta se sentía extraña en su regazo. Era extraño como algo que solía ser parte de su vida diaria, podía sentirse ajeno a él en ese momento. Habían sido años desde que él había escrito algo. Algo que era una parte tan grande de él, una parte de él que había muerto con la última carta que le escribió a María.
“Ahora, vuelve a sentarte y vacía tu corazón en esa carta. Tú siempre fuiste bueno en eso de escribir, no sé por qué dejaste de hacerlo.”
Quizás porque tú me dijiste que era un pasatiempo y una pérdida de tiempo, pensó él, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. Él tenía su temperamento bajo control de nuevo, y no quería arriesgarlo.
“No estoy seguro de cómo empezar,” dijo él, jugando con la pluma en su mano.
Qué quieres decir con ‘¿No sé cómo empezar?’ Qué tal con ‘Querida María’ para empezar – o cualquiera que sea el nombre…”
Ese comentario pareció estar lleno de significado, como si ella en realidad supiera algo – un secreto con el que ella jugaría y se burlaría de él, como jugarías con un pedazo de cordel fastidiando a un gatito, hasta que él confesara. Él lo ignoró.
Ella no puede saber, se dijo a sí mismo. ¿Cómo podría ella haberse dado cuenta? Él había sido muy bueno ocultándola todos estos años, él mismo casi se había creído la mentira. Él tragó saliva, aclarando su garganta y se inclinó sobre su regazo para comenzar la carta. Él comenzó a escribir, trabajando sobre cada palabra.
“Léemelo,” demandó ella. ¿Por qué de repente estaba ella tan preocupada?
“Pero solo he escrito…” comenzó él a decir en su profunda voz.
“Léemelo, maldita sea,” dijo ella, tosiendo y alcanzando su vaso de agua.
“Querida María, ¿Cómo estás? Nunca adivinarás que encontré en la cochera…” comenzó él a decir. Esas palabras sonaban tontas aún para sus oídos, pero claro que, obviamente era difícil escribir una carta, al amor que habías perdido hacía tanto tiempo, con tu madre prácticamente colgada sobre tu hombro.
La única razón por la que su relación amorosa había funcionado, en primer lugar, fue porque habían estado tan alejados de cualquier persona que Mario conocía. Mario sabía. No hubiera habido forma, para nadie ahí, de detenerlo a él de seguir a su corazón, nadie más que la familia de María. No como ahora, cuando él estaba aquí, en su hogar de la niñez, cara-a-cara con la mujer quien hizo su misión de vida el condenarlo a él, sin importar a dónde fuera.
“¿Así es como vas a comenzar la carta?” preguntó ella. “Dios, que bueno que no malgastamos el dinero enviándote a la universidad. Hijo, si le vas a escribir a alguien que amas, a alguien a quien no le has hablado en más de diez años, entonces tienes que escribirle desde tu corazón, tienes que vaciar tu alma en el papel con toda la intención de ser sincero. Y si tú la cagaste bien cagada…”
“¡Madre!” Él estaba escandalizado con su lenguaje.
“Vamos a admitirlo, la cagaste regiamente,” dijo ella con naturalidad. “Así que, tienes que decirlo. Tienes que decir que hiciste exactamente eso. Vuelve a escribirlo y tira esa caca que acababas de escribir.”
Él sonrió y meneó su cabeza. Ciertamente su madre nunca había tenido problema en decir lo que pensaba, pero esta vez él tenía que admitir que ella tenía razón. Así que, en vez de escribir lo que él tenía en su cabeza, él comenzó a escribir lo que tenía en su corazón:

Querida María,
Diez años. Diez años es mucho tiempo para no estar con la persona que amas. No estar con la persona a la que le juraste tu vida, no escuchar su voz, o sentir su piel contra la tuya, no probar sus labios o ver tu futuro en sus ojos. Eso es lo que pienso cuando pienso en ti.
Quizás estoy empezando demasiado fuerte, quizás es mucho decir a alguien quien probablemente ya ni te recuerda, de alguien que te hirió tan profundamente, que la única cura es olvidarlo, enterrarlo en el pasado y seguir adelante.
Dicen que el destino rige todo y yo debí haber sido un hombre muy malo en una vida pasada para que el destino me haya jugado tan mala pasada, el haber mantenido escondidas tus últimas palabras para mí, todos estos años. Si el destino no hubiera intervenido, si no hubiera yo visto tu carta enterrada bajo todas esas cajas en el cobertizo, yo nunca habría tenido el placer de tratar de llegar a ti. Nunca me hubiera sido recordado no solo de cómo fuimos dolorosamente separados, pero de cuanto te amé, de cuánto te amo todavía, María. Sé que ha pasado mucho tiempo y si tú todavía estás enojada conmigo o herida, tienes todo el derecho de estarlo, pero por favor, óyeme. Si todavía estás leyendo esto, sabe que no ha pasado un solo día de los últimos diez años en el que yo no haya pensado en ti.
Fue hasta ahora que vi tu carta. Si la hubiera visto antes, muchas cosas serían diferentes ahora. Sabe que no ha habido un momento cuando alguien haya pronunciado la palabra compañero, salvador, amante o alma gemela en la que tu imagen no cruce mi mente. Sabe que si yo pudiera regresar las manos del tiempo y desdecir lo que dije, solo por un momento más contigo, lo haría.
Hay tantas cosas que decirte, tantas cosas que han ocurrido en los últimos diez años que quiero compartir contigo bajo la luz de la luna en el granero o en el arroyo en nuestro lugar especial, igual que como solíamos hacer cuando te leía mis poesías. Tú siempre fuiste tan alentadora. Sabe que por la noche, tú siempre has estado en mis oraciones, sabe que estás en mi sangre, una parte de mí, y sabe que, más que nada, te amo y siempre te amaré.
Si me aceptaras, mi querida María, si me aceptaras, me encantaría otra oportunidad, tan solo para ver tu hermoso rostro una vez más.

Con Amor,
Mario

Las palabras que él había escrito le rompieron su corazón mientras las leía en voz alta a su madre. Él no había querido cavar tan profundamente, para alcanzar todo, resolvió él; él había trabajado tan duro por tanto tiempo para mantenerse a sí mismo insensible, para dejar de sentir. Pero en las últimas pocas horas, sus paredes se habían desintegrado convirtiéndose en polvo. Él estaba indefenso, él estaba vulnerable antes esos recuerdos y el temor y la posibilidad de lo que podría venir.
Él se preparó para las usuales cáusticas críticas de su madre. Ellas dolerían esta vez aún más, porque se sentía por dentro, en carne viva, expuesto, en carne viva de años de guardar la rabia y dolor que lo comían vivo, en carne viva por los recuerdos atiborrados en su cerebro y en carne viva porque por primera vez en un largo tiempo, él había tomado una pluma y escrito algo, un sueño de él que había muerto cuando le escribió esa última carta a María.
Lentamente, él levanto su cabeza para mirar a su madre. Ella estaba aclarando su garganta – no por su enfermedad, no porque tuviera algo en la garganta, sino porque estaba conmovida por la carta. Ella ligeramente limpió las orillas de sus ojos con la sábana y dijo, “Alergias terribles en esta habitación.”
“¿Estas bien, Mami?” preguntó él, tratando de esconder una sonrisa. Normalmente, él era quien lloraba por culpa de ella, así tan macho como él era, aún si era en secreto, donde nadie más, en especial ella, lo pudiera ver. Él nunca había visto a su madre conmovida emocionalmente por nada, ni siquiera una película, y en éste momento, él se sintió increíblemente conmovido.
“Abre la ventana para que entre algo de aire aquí,” demandó ella.
“Yo pensé que dijiste que era demasiada luz de sol, Madame Vampira,” dijo él bromeando.
“Dije que abras las Malditas ventanas,” ella repitió.
Él se levantó y jaló las cortinas, abrió las ventanas, dejando entrar una fresca brisa.
“Alergias terribles, terribles,” dijo ella, frotando sus ojos ligeramente. “Así que, ¿cuándo la vas a enviar?”
“¿Crees que está bien?” preguntó él. Él ahora se sentía inseguro, perdido en el mar, como un pequeño bote balanceándose en las olas. Él podía hacer frente al amor, él podía hacer frente a la pérdida. Él podía enfrentarse con cualquier cosa que fuera segura. Pero ahora que las mareas habían cambiado y la respuesta no era segura, él se sintió como si no tuviera nada con qué anclarse.
“Es mejor que nada. Eso tendrá que ser suficiente,” dijo ella. Eso era un gran elogio, viniendo de su madre. “Hay un rollo de estampillas en el gabinete de la cocina junto al refrigerador,” continuó ella. “Asegúrate de enviarla de inmediato antes de que el cartero venga hoy o tendrás que esperar un día más.”
“Está bien. Me ocuparé de eso un poco más tarde,” dijo él. Él no iba a admitirlo, pero la idea de realmente enviar la carta, lo asustaba. “¿Tienes sed…?”
“Ahora mismo, maldita sea. Hazlo ahora,” demandó ella.
¿Por qué era tan importante para ella? Ella no era así. Su madre podía ser malhumorada y se había vuelto así aún más con la edad, pero ella parecía estar ansiosa, acerca de todo esto. Él no sabía si debía estar preocupado o halagado porque ella finalmente había tomado un interés. Por tantos años, él había añorado tener una relación con su madre, en la cual él pudiera hablar con ella acerca de cualquier cosa, especialmente de su vida amorosa, pero ella había dejado muy en claro desde un principio que si él no terminaba estando con alguien que ella aprobara, ella se aseguraría de que esa persona nunca se sintiera bienvenida. Ella fue fiel a su palabra, y cuando escuchó acerca de María, ella nunca lo dejó en paz por ello.
Después de eso, él dejó de hablarle a ella acerca de su vida. Cuando él vio cómo sus amigos se apoyaban en sus madres, dependiendo de ellas, confiando en ellas, siempre se sintió celoso. Aún sus amigos que se sentían avergonzados de hablar acerca de sus vidas amorosas con sus madres, podían contar con ellas cuando las cosas iban mal. Mario siempre había ansiado esa clase de sistema de apoyo.
Dirigiéndose hacia la cocina, él abrió el gabinete donde estaban las estampillas y los sobres, todavía sospechando de los motivos de su madre, todavía preguntándose qué juego estaba ella tratando de jugar. ¿Por qué ella estaba empujándolo a arreglar algo del pasado que probablemente no tenía arreglo? ¿Por qué ella nunca había demostrado este tipo de amor y apoyo para su relación con María cuando realmente había tenido una oportunidad? ¿Qué se imaginaba ella que pasaría si María recibía la carta?
Con tan poca esperanza como Mario tenía, él se dio cuenta que su voluntariosa madre estaba muriendo, y era mejor que el hiciera lo que ella dijo. Él dobló y volvió a doblar la carta hasta que cupo perfectamente en el sobre. Se encontró a sí mismo marcando el doblez del sobre antes de lamerlo, queriendo que todo estuviera perfecto. Él sabía muy bien que aun y que María de alguna forma recibiera la carta, había una pequeña o ninguna posibilidad de que ella contestara, no después de tanto tiempo. Y se dio cuenta que el obedecer las órdenes de su madre no era su única motivación para enviar la carta. Él tenía que saber. Él le había dado a María un ultimátum – el mismo ultimátum que ella le había dado a él en esa carta perdida: un mes. Si no escucho nada de ella en ese tiempo, entonces sabré su respuesta, decidió él, garabateando su dirección y la de María en el sobre y pegando la estampilla en él antes de que pudiera cambiar de parecer.
La carta se sintió pesada en sus manos. Llevaba el peso de diez años con ella, después de todo. Mario corrió sus dedos a lo largo de las suaves orillas del sobre, sintiendo el suave papel bajo sus dedos. Esta pequeña cosa, esta sencilla hoja de papel, tenía el potencial de salvar su vida. Después de esto, él sería el hombre más feliz con vida, viajando a una nueva vida, o un alma arruinada, cayendo en las profundidades de la desesperación. Un pequeño pedazo de papel cuadrado tenía el poder para decidir su destino.
Su corazón golpeó con cada paso en la calurosa y larga caminata hacia el buzón. Él empujó la carta dentro del buzón y lo cerró. Cuando regresó a la cocina, se encontró a sí mismo permaneciendo cerca de la ventana, vigilando por el cartero. Él siempre venía puntualmente a las 2:15 y siempre lo había hecho desde que él tenía memoria.
Su madre gritó y vociferó desde la recámara, preguntándole qué estaba haciendo, pero Mario se quedó en la cocina hasta que el vetusto camión del correo, con su motorcito pop pop tosió y traqueteó por su camino en la calle. El cartero era vetusto, también – era el mismo anciano marchito y encorvado que había entregado la última carta que él había recibido de María hacía tantos años. Mientras el cartero, penosamente caminaba hacia el buzón, silbando y comenzando a rellenar con el contenido su mochila, Mario tuvo la súbita urgencia de correr afuera, para detenerlo, para arrebatarle la carta y romperla en cien pedazos. Pero se detuvo a sí mismo, y cuando el cartero estuvo de regreso en su camión y el camión iba resoplando en la distancia, Mario tuvo una sensación de alivio. Ahora estaba fuera de sus manos. El Destino contestaría con un sí o con un no.

CAPÍTULO 6

Cada día era más insoportable que el anterior. El clima se ponía más y más caliente. El verano en México nunca ha sido una broma, pero esta vez, se sentía como si los rayos del sol buscaran a Mario para achicharrarlo a propósito, como si lo estuvieran castigando por buscar en el pasado y tratar de cambiar algo que se suponía había sido terminado hacía mucho tiempo.
Él estaba agotado, sin energía. Y no solo eran sus deberes en la casa – el cuidado de su madre, quien parecía estar poniéndose mejor aparentemente, con la ayuda ocasional de su prima – ni las noches interminables de trabajar doble turno como conserje para compensar por el segundo trabajo que había perdido. Su cansancio venía de una nueva rutina diaria que había sido establecida. Todos los días, a las 2:15pm, como relojito, el vetusto camión del correo resoplaba por el camino para entregar el correo. Y cada día, en el momento en que el camión se iba, Mario se apuraría afuera para checar en el buzón, con la esperanza y expectación creciendo dentro de él, osando imaginar que él encontraría un sobre con letra manuscrita de María estampada en él.

Pero, cada día, sus esperanzas eran frustradas. El único correo que siempre llegaba era correo-basura – catálogos, facturas de servicios. Mario solo apilaba todo en la mesa de la cocina, sabiendo que su madre nunca los miraría.
Por semanas, Mario ignoró el montón de correo, odiando la vista de ello porque no contenía ninguna respuesta de María. Pero finalmente, se dio cuenta que tenía que ocuparse de las facturas de servicios, así que se sentó en la mesa de la cocina y comenzó a abrir los sobres y a escribir cheques. Mientras proseguía con esta mundana tarea, se encontró divagando – se encontró a sí mismo regresando, en su imaginación, a el hermoso viñedo donde él y María se habían conocido. Él había sido un humilde labrador, un trabajador migrante, y ella la niña de su jefe, el propietario del viñedo. Ellos habían pasado días soleados interminables juntos: escondiéndose bajo los arbustos, comiendo uvas, susurrando palabras de amor al oído el uno del otro, cuando pensaban que nadie los estaba viendo. Habían pasado por tantas cosas juntos, tantas cosas que solo ellos podían pasar juntos; escondidos detrás de las colinas de esos fragantes y ondulados campos verdes, ellos habían descubierto los secretos de cada uno – secretos que ellos habían escondido de sus familias por años.
Él suspiró. Ya habían sido cerca de tres semanas ahora, desde que él envió la carta. Él estaba comenzando a renunciar a la esperanza. Por casi tres semanas, él había estado viviendo para ese momento en la tarde cuando el correo llegaba. Pero el fin del plazo de un-mes se arrastraba más cerca, y él no había oído nada. De cualquier modo ¿Por qué María querría aún escribirle?
El último día del mes finalmente llegó. Cuando el camión del correo se acercó, él estaba tan distraído que corrió afuera sin sus zapatos. Mientras él iba cojeando hacia el buzón, el caliente suelo casi pelando la piel de sus pies, su corazón estaba golpeando como un tambor Africano. Mario alcanzó el buzón justo cuando el camión se alejaba. Hoy era el día que determinaría su destino. Hoy era la fecha límite que él había puesto para que ella respondiera. Si la carta estaba ahí, él sabría que estaban destinados a estar juntos.
Primero, él tomo un profundo respiro. Luego, él jaló la puerta del buzón rápidamente, de la misma forma en que te quitas un curita. Y asomándose dentro de la oscuridad de la caja de forma-oval, no vio nada.
Ni una maldita cosa.

CAPÍTULO 7

Por días, él trató de vivir con la verdad. El asunto estaba terminado. Él había puesto el ultimátum y ahora tenía que vivir con ello. Pero no podía. Mientras los días iban pasando, no importa que tan ocupado se mantuviera, no importa que hacía para mantener a María fuera de su mente, él no podía, él no le dejaría ir.
Una noche, durante su turno de conserje, la rabia de Mario comenzó a superar su decepción. Mientras él atomizaba los pupitres en los salones de la escuela, él los restregaba ferozmente, pensando, lo menos que pudo haber hecho era escribirme una nota diciendo ‘lárgate’. ¿Ni siquiera pudo encontrar el tiempo para contestar? Esa noche fue otra noche de inquietud. Se dio vueltas y vueltas en la cama por horas, luchando con sus sentimientos, y finalmente, mucho antes de que su madre despertara, él se levantó y fue a la cocina, sabiendo que solo había una cosa que él podía hacer.
Llamarla.
Sus largos dedos torpemente marcaron los números en el viejo teléfono de discado.
Todavía, después de todos estos años, él todavía se sabía el número de memoria. Él solo esperaba que el número todavía funcionara y que, aún tan temprano en la mañana, alguien contestaría la llamada.
Él casi cuelga después del veinteavo timbre. Él fue tonto para siquiera pensar que alguien contestaría temprano así como se despiertan en el viñedo – y sin embargo entonces, alguien contestó.
“¿Hola? dijo una vieja, rasposa voz.
Mario inmediatamente reconoció la voz. Él tenía tantos recuerdos de haber tenido que pasar a través de la madre de María para hablar con ella.
“¿Hola?” la voz repitió, esta vez más irritada.
“Mm, hola,” él se escuchó a sí mismo diciendo, y de repente él era un adolescente otra vez, tímido por tener que hablar con un adulto, temiendo que la madre de María no la dejaría venir al teléfono.
“¿Quién habla?” la madre de ella dijo.
“¿Señora Santiago? Soy… soy Mario,” dijo él.
El silencio que siguió a sus palabras se sintió como una eternidad. Finalmente, ella habló de nuevo. “¿Qué quieres?”
Él trató de sonreír y dijo, “Quizás usted no me recuerda, ha sido mucho tiempo, pero…”
“Yo sé quién eres,” espetó ella. “¿Ahora, que quieres?”
Habían sido más de diez años desde que él había oído su voz y, aunque ella nunca había sido la persona más amigable en el mundo con él en ése entonces, él había pensado que después de todos estos años, él tendría una recepción más cálida que esa.
“Oh, bueno, tenía curiosidad si María…”
“No,” ella lo cortó muy firmemente.
“¿No? Yo solo quiero hablar con ella por un momento,” dijo él tan cortésmente como pudo, aunque su sangre estaba comenzando a hervir.
“¿Vas a llamar aquí, después de todos estos años, y ahora quieres hablar con mi hija? ¿Ahora?!” dijo ella, alzando su voz.
Él quería decirle a ella que no era su asunto, que lo que había pasado entre él y María fue entre ellos dos y nadie más. Él quería decirle a ella que él no iba a dejar que nada se interpusiera entre él y la persona que amaba nunca más, ni siquiera ella, pero en vez de eso, él se aguantó.
“Ahora, usted escúcheme,” dijo él, el tono bajo en su voz retumbó con autoridad. “Solo necesito unos pocos minutos con ella. Ella es lo suficientemente grande para tomar sus propias decisiones.”
Una cruel risa hizo erupción desde el otro lado del teléfono. “Suficientemente grande. Realmente eres estúpido, ¿verdad?
“¿Discúlpeme, Señora?” Mario estaba alcanzando el límite de su paciencia.
“Quieres decir que, ¿nadie te lo dijo?”
“¿Decirme qué?”
“Ella – mi hija murió, Mario.”
Aún con su voz cortante, él se pudo dar cuenta que ella estaba tratando de esconder su dolor. De repente, su mundo estaba dando vueltas. Él se estaba ahogando en la culpa. Él se tardó demasiado. Demasiado tarde.
“¿Muerta?” se escuchó a sí mismo diciendo.
“Si, muerta. Y ella murió porque se le rompió el corazón – y todo por causa tuya.” La voz de ella estaba tensa de ira. “Mi hija te amaba, Mario. Tú lo sabías, y la usaste.”
“Yo nunca – Señora, yo lo – siento mucho su…” él comenzaba a decir.
“Ahórrate las palabras,” ella escupió. “Nada que tú digas traerá a mi hija de regreso.”
“Yo no tenía idea que ella – que ella sentía eso por mí. Yo pensé que ella comprendió… nosotros lo hablamos.”
“¿Por qué no me preguntas lo que realmente quieres preguntar?” dijo ella.
Él pasó saliva. ¿Sabía ella? ¿Había confesado María la verdad a su madre antes de ella morir?
“Está él – ¿Está Keith por ahí?” preguntó él.
“No tienes vergüenza. El Diablo tiene un lugar especial en el infierno para gente como tú.”

CAPÍTULO 8

Por días, él se sintió vacío y mareado, como si sufriera de neurosis-de-guerra. María estaba muerta. El único vínculo entre él y la persona a la que amaba, se había ido. Repentinamente, todos esos años que ella había fingido por él, todos esos años, ella protegió su secreto, todos esos años ella desinteresadamente había servido como su cubierta o “tapadera”, como ella se llamaba a sí misma en broma y ello comenzó a tener sentido para él.
María había estado enamorada de él. ¿Por qué él no lo había visto? Él había escrito las cartas usando su nombre porque ella había dicho que lo podía hacer. Ella había entendido lo que los padres de su amante hubieran hecho si se daban cuenta acerca de ellos dos. Nunca pareció que a ella le importara, todas esas veces que el la llamaba solo para darle un mensaje telefónico para que ella lo pasara a alguien más, y ahora él se dio cuenta que ella solo lo hizo para poder oír su voz. Todos esos años. Ella debió haber estado muriendo por dentro todo el tiempo, deseando tanto a Mario y aun sabiendo que ni siquiera en sus más salvajes sueños ella lo hubiera podido tener.
Mario había pasado tantos años llamando a Keith, la persona que él realmente amaba, “María” – tantos años refiriéndose a su amor como “ella,” que casi se sentía natural, aun y que Keith era tan macho como el mismo Mario. El secreto de su amor había estado seguro con María y todavía, todo el tiempo, ella había mantenido el secreto como una forma de estar cerca de la persona que ella amaba: Mario.
Su corazón le dolía por ella. Él solo deseaba haber podido tener la oportunidad de decirle “adiós” a ella, de darle las gracias por todo lo que ella había hecho por él y por Keith. No había nada que él pudiera hacer, pudiera decir, para pagarle a ella, pero esa noche él dio una caminata en el medio del desierto entre una tierra sagrada y el río al que su padre lo solía llevar cuando él era más joven. Ahí, él encendió una vela blanca y se despidió de ella diciendo su último adiós.
Mario permaneció con el inmenso, silencioso desierto, extendiéndose por millas a su alrededor, con el cielo infinito sobre él, inundado en una puesta de sol rojo-anaranjada, con las montañas color café sólo visibles muy a lo lejos.
Ella está allá afuera, en algún lugar, pensó él. Mi querida amiga María.
Él sabía que ella no querría que él estuviera enfurruñado por ella. Ella había sacrificado su vida, su amor, para hacerlo feliz a él y él solo esperaba que hubiera una oportunidad para hablar con Keith otra vez. Keith tenía que estar bien – tenía que estarlo, o, Mario sabía, la madre de María hubiera mencionado algo, tan solo para herir a Mario, por despecho.
El sol se hundió bajo las montañas y el rojo de la puesta de sol se convirtió en el profundo morado-negro de la noche. El sol en el ocaso siempre le recordaba a Mario lo corta que era la vida. Keith estaba vivo, y ahora Mario no podía esconderse más detrás de María. Ese era el regalo más grande de María para él. Al volverse para comenzar el largo recorrido de regreso a la casa de su madre, él juró que su amor saldría a la luz, si tan solo Keith lo viera otra vez.

CAPÍTULO 9

“¿Me vas a traer esa sopa, o vas a dejar que se enfríe otra vez, como la última vez?” su madre se burló mientras Mario venía por el corredor con la bandeja.
Él estaba haciendo su mejor esfuerzo para permanecer paciente, pero algunos días eran más duros que nunca, en especial últimamente. Sus nervios se estaban deshilachando por las puntas. Él se estaba desmoronando, se estaba cayendo a pedazos. Y todo lo que su madre hacía era quejarse y gritar, esperando que él le sirviera como si fuera una enfermera. ¿Qué iba a decir ella cuando él le dijera que tenía que dejarla para siempre?
“Ya casi llego, madre,” dijo él, trayendo la bandeja a un lado de su cama.
“Más vale que esta vez no tenga tanta sal,” dijo ella.
“¿Tortillas?” preguntó él, cambiando el tema.
“Por supuesto, quiero tortillas. ¿Cómo puedes comer sopa de tortilla sin tortillas?”
Mario trajo las tortillas de la cocina, y cuando regresó a la habitación, ella dijo, “¿Y bien…?”
“¿Y bien qué, madre?” le preguntó a ella.
“¿Has oído de ella?”
Él suspiro. Él realmente no quería meterse en eso en ese momento. ¿Cómo podría él decirle que la mujer que él fingía que era su novia estaba muerta? ¿Cómo podría él decirle que ni siquiera sabía si el hombre que de hecho, él amaba, lo vería otra vez?
“No,” contestó él. “Y probablemente nunca volveré a oír de ella.”
“Bueno, no lo digas de manera tan pesimista,” dijo ella.
Mario no podía permanecer en esta habitación un segundo más o gritaría. “Voy a salir a tomar algo de aire,” masculló y se dio media vuelta para salir de la habitación.
“Hijo,” el tono de voz de su madre súbitamente se suavizó. Él se dio la vuelta y la miró con sorpresa. Era muy raro que ella lo llamara “hijo.”
“¿Qué pasa madre?” preguntó él, preocupado.
“Siéntate por un segundo,” dijo ella, palmeando la cama.
Mario dudó. Escuchando sus sibilancias y trabajosa respiración, él se preguntó si ella realmente estaba en su lecho de muerte, si ella le iba a decir sus últimas palabras a él, o si le revelaría un secreto que ella había guardado toda su vida. Su madre nunca le había permitido estar en su cama. Ni siquiera cuando él era un niño y hubiera tenido una pesadilla. Nunca le fue permitido gatear por debajo de las cobijas y consolarse con la calidez irradiada por ella, como a la mayoría de los niños con sus mamás. Ese era el lado de la cama de su padre, ella le explicó una vez, y ella la mantenía despejada para él. Hacía mucho que Mario había dejado de cuestionar el hecho de que ella mantuviera un espacio para su desperdiciada vida amorosa, pero no para su hijo. Ahora, él se sentó cautelosamente en el borde mismo de la cama, sintiéndose como un intruso.
“Hay algo acerca de lo que te quiero hablar.” El habla de su madre era lenta, pero no era por su dificultada respiración. Ella estaba abriéndose, mostrando su lado vulnerable, y estaba batallando con ello.
“¿Qué paso?” preguntó él.
Ella comenzó y se detuvo media docena de veces antes de finalmente, dejarlo salir.
“¿Hay algo que necesites decirme?” ella finalmente preguntó.
“¿Acerca de qué?” él le preguntó a ella, tratando de que fuera más precisa.
¿Qué sabía ella? ¿Sabía ella que María estaba muerta? ¿Sabía ella que en primer lugar, él nunca la había amado? ¿Sabía ella acerca de Keith? ¿Había ella adivinado que, en cualquier momento, él iba a necesitar dejarla para siempre?
“No sé, ¿Qué tal de María?” Ella levantó una ceja.
“¿Qué se supone que significa eso? No sé de qué me hablas,” mintió él. Su corazón estaba acelerado. Él siempre había sabido que llegaría el momento cuando él tendría que tener esta conversación. Él tenía la esperanza de que sería cuando su madre ya se hubiera ido, así no tendría que enfrentarle. ¿Cómo le puedes decir a alguien, algo que puede hacer añicos su percepción de ti? ¿Cómo puedes confirmarle su creencia de toda la vida de que siempre fuiste un completo fracaso y decepción como hijo?
“Hijo, ¿en serio?” dijo ella. “Yo sé, no siempre… hemos estado de acuerdo acerca de cosas, pero esperaba que sintieras que puedes ser honesto conmigo”
“¿Honesto contigo?”
Vaya broma.
“¿Realmente vas a hacer que lo diga?” la voz de ella se quebraba, y Mario vio lágrimas en sus ojos. “Sabes que, esto realmente me mortifica, que no confíes en mí lo suficiente para hablar conmigo, para decirme qué está sucediendo en tu vida.”
Claramente, su madre todavía estaba jugando, todavía tratando de torturarlo. Mario se levantó e impaciente, comenzó a caminar en la habitación. “Madre, honestamente, no sé de qué estás hablando,” dijo él.
“Yo comprendí que a lo mejor nunca iba a haber una boda o nietos para mí. Yo acepté eso hace mucho tiempo… con tu condición,” dijo ella.
“¿Mi condición?”
“Si, Mario, tu condición. ¿Bien? ¿Lo dirás simplemente?”
“¿Decir qué, madre? ¿Decir qué? ¿Qué tu nunca quisiste que yo estuviera con María? ¿Qué aún y que la hubiera traído a esta casa, tu nunca la hubieras aceptado, que nunca hubieras aprobado nuestra relación?”
Cada vez que él usaba el nombre “María,” él tenía que luchar con el nudo en su garganta. Él estaba cansado de mentir, cansado de esconderse detrás del nombre de María. Usar el nombre de esa pobre chica muerta fue lo más vil, lo más ruin para él, y estaba llegando al punto en el que simplemente ya no le importaba si el corazón de su madre se rompería o no. Él amaba a Keith y ella iba a tener que aceptarlo, le gustara o no.
“¿Nunca habría aprobado su relación? Ahora, eso no es verdad, para nada es verdad,” dijo ella, cruzando sus brazo apretadamente.
“¡Mientes!” dijo él. “Tu hiciste todo lo que estuvo en tu poder para evitar que estuviéramos juntos.” Su voz se quebró en la última palabra y se detuvo, negándose a hablar de nuevo hasta que se controló a sí mismo.
“Yo no hice nada de eso,” dijo ella, apretando su bata bajo su barbilla, dramáticamente.
“Si lo hiciste,” dijo él. Él suspiró. Así no era como él quería tener esta conversación. Él siempre pensó que cuando la verdad finalmente se supiera, él tendría a Keith a su lado – o, aún mejor, un certificado de matrimonio en su mano, aún y que no estuvieran legalmente casados. Entonces, él le podría restregar en su cara que no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Pero en vez de eso, él estaba sacándole la vuelta a la conversación como si todavía tuviera dieciséis años.
“Dime esto,” dijo ella finalmente, rompiendo el silencio, “¿Cuándo comenzaste a llamarlo ‘María’?”
Así que, ella lo sabía. La cabeza de Mario le punzaba. Su garganta estaba seca. Sintió como si su mundo se derrumbara. Sus dedos torpemente tocaban la bastilla de su camisa y cambiaba su peso de una pierna a otra. ¿Hace cuánto tiempo que ella lo sabía? ¿Hace cuánto tiempo que ella le ocultaba el secreto?
“Fue una decisión de mutuo acuerdo,” dijo él en voz baja, recordando el día en que ellos lo decidieron. Tanto como el mundo había estado cambiando en ese momento, con las discos haciéndose populares y la cultura gay filtrándose en la conciencia del mundo, ambos, Keith y él, sabían que el amor entre ellos estaba prohibido, y tenía que estar encubierto.
Cuando él conoció a Keith, Mario había tratado de engañarse a sí mismo creyendo que se había enamorado de una mujer, quizás para poder dormir en las noches sin ser torturado por los recuerdos de las historias del cielo y el infierno que su madre le contó, historias que él juraba eran tonterías pero que estaban indeleblemente grabadas en su subconsciente, tanto así, que el temor se había vuelto parte de su ADN. Él recordó las noches lejos de ella. Con Él. Era sólo cuando ellos estaban juntos que Mario podía olvidar las consecuencias, el difícil viaje que tenían por delante, enfocados solamente en su amor. Las otras veces – las noches que él estaba solo, los días que él trabajaba y no podía verlo – esas eran las veces que el temor hacía temblar a Mario hasta su esencia y se preguntaba si era posible huir de sí mismo.
Le había tomado años para estar cómodo con el hecho de que Keith era un hombre, y que él estaba enamorado de un hombre. Pero para entonces, la mentira se había arraigado, y Mario continuó con ella, diciéndose a sí mismo que la verdad le rompería el corazón a su madre. Era más fácil decir que estabas mintiendo para no herir a alguien más que admitir que tú mismo muy apenas estabas cómodo con la verdad.
Ahora, él evitaba los ojos de su madre, mirando hacia abajo mientras dijo suavemente, “Pensamos que sería lo mejor.”
Mario siempre tuvo la esperanza de que si él podía encontrar el momento correcto para esta conversación, que de alguna manera no sería doloroso e incómodo. ¿Pero ha existido alguna vez una manera fácil de decirle a alguien que nunca serás la persona que espera que seas? ¿Qué has desafiado sus esperanzas y sueños por tu futuro? ¿Hubo alguna vez un tiempo en el que sería más fácil el admitir ante tus padres que te puedes aceptar a ti mismo como un fracaso, pero que nunca sobrevivirías sabiendo que ellos pensaban de ti de esa manera, también?
“¿Mejor? ¿Para quién?” preguntó ella.
“Para todos,” dijo él.
“A mí me parece como la salida de un cobarde,” ella refunfuñó.
¿Con quién está ella hablando? Mario pensó. ¿No era su madre la única que todavía fingía que su padre iba a regresar? ¿No estaba ella aferrándose a una mentira, al igual que él?
“¿En serio, madre?” dijo él. “Bien, te diré lo que deseas saber. Todo, sin ocultar nada, pero solo que me prometas algo: que nunca discutiremos sobre esto otra vez, nunca jamás.”
“Lo que desees,” dijo ella. “Por supuesto que, si tu hubieras sido honesto conmigo la primera vez, nunca hubiéramos tenido que tener esta pequeña discusión, en primer lugar.”
Él suspiró, se volvió a sentar, hundiéndose en el sillón, y se quedó mirando a la cama para ordenar sus pensamientos por un segundo. Entonces, él comenzó, “Su nombre real es Keith.”
Después de que lo dijo, Mario observó la reacción de su madre. Él quería una respuesta de ella. Él se había ganado ese derecho después de décadas de evitar el tema, después de décadas de cuidarla. ¿Dónde estaría ella sin él? Ella podría verlo a él como un bueno-para-nada un desperdicio de vida después de esto, pero ella hubiera muerto hacía mucho tiempo si no hubiera sido por él.
Su madre tragó saliva. “Keith,” dijo ella, exhalando como si fuera un alivio. “Ese parece un bonito nombre.”
“¿En serio, madre? ¿Vas a fingir que te parece bien?” Mario estaba en ascuas. Él se había preparado a sí mismo para una pelea. Para insultos y lágrimas y vergüenza.
“¿Por qué no habría de parecerme bien?” dijo ella en fingida inocencia.
“Oh, no sé. Quizás porque Papi y tú dijeron que si alguno de sus hijos se hacía gay, ustedes lo desconocerían. Eso me decías desde que era un muchachito, para animarme y ser un hombre y ¿que si querías un mariquita, hubieras tenido una hija?”
“¿Yo?” dijo ella. “Yo nunca haría –“
“Tú lo harías y lo hiciste,” dijo él firmemente. Él no iba a dejar que ella lo negara. Él no iba a dejar que se saliera con la suya. Si ella iba a hacer que él se hiciera responsable por su pasado, entonces ella tendría que hacerse responsable del suyo.
Finalmente, ella alzó su barbilla. “Las cosas eran diferentes entonces. Yo solo trataba de pensar qué era lo mejor para ti. Es un mundo cruel allá afuera y yo no quería que tu pasaras por más penas y dolor innecesariamente.”
“¿Es esa tu manera de decir que lo sientes?” le preguntó a ella. Él estaba cansado. Él ya no sabía cómo disimularlo. Sus emociones estaban tomando el control, y se traslapaban sobre él como olas. Él dejó de tratar de controlarse a sí mismo, dejó de tratar de ser el hijo modelo, obediente. Él era Mario. Gay, emocional, quizás hasta una decepción para ella. Pero él era él mismo, maldita sea, y eso era todo lo que importaba.
“No siempre he tomado las mejores decisiones, pero tienes que entender que nunca fue mi intención hacerte daño o hacerte infeliz,” dijo ella.
Él suspiró y meneó su cabeza. Eso era probablemente, lo más parecido a una disculpa, que él iba a obtener de su madre, por sus años de desaprobación, falta de aceptación, y dominio en su vida. Si él no lo aceptaba, él estaría amargado por el resto de su vida. Él se acercó y apretó la mano de ella, luego la besó en la frente.
“¿Ya terminamos?” preguntó él, empezando a levantarse, pero ella apretó su mano y lo detuvo.
“Hay… hay una cosa más,” dijo ella.
Los hombros de él, que habían comenzado a relajarse con alivio, se volvieron a tensionar.
“¿Qué pasa, madre?” preparándose para el impacto.
“Tú tienes que entender, en ese momento, yo estaba más impresionada que cualquier otra cosa – y yo todavía tenía la esperanza de que de alguna manera te podía persuadir para…”
“¿Para qué?”
“Para casarte con esa bonita niñita en la villa, ¿recuerdas su nombre?”
“¿Gloria?” preguntó él. “¿Cómo no podría recordarla? Me fastidiaste con eso todos los días desde que regresé de los Estados Unidos.”
¿Estaba ella volviéndose loca? ¿Realmente su edad le estaba haciendo olvidar, o era esta otra de sus actuaciones?
“Si, ese era su nombre, Gloria. Ella hubiera sido una encantadora esposa y madre para ti,” dijo ella, sonriendo a los recuerdos.
“Dime,” dijo él.
“Él era un hombre agradable, Keith,” dijo ella.
Mario frunció el ceño mirando a su madre. Ella lo dijo casi como si ella lo conociera, y tenía una mirada extraña en su rostro.
“Si, lo era,” dijo él cautelosamente.
“Y hermosos ojos azules,” añadió ella.
Él se estremeció por dentro. Él no tenía una foto de Keith; ellos habían acordado que sería demasiado riesgoso. “¿Cómo sabes que tenía ojos azules?”
“Precioso cabello rubio rojizo, también.”
“¿Qué? ¿Cómo sabes?” preguntó él.
Ella de nuevo estaba jugando con él, manipulándolo. Él sabía que a ella le encantaba verlo entrar en pánico como en ese momento.
Los labios de ella temblaron. “Porque él vino aquí… hace cuatro años, buscándote.”
Su corazón se le fue a los pies y la sangre se le fue a la cara. “¿Q-qué?”
“Él vino aquí a la casa-“
“Te escuché, pero qué quieres decir con ¿‘él vino aquí’? ¿Cómo pudo él haber venido aquí y que tu no me lo dijeras?”
Se sintió como si el tiempo se hubiera detenido. Todo alrededor de él estaba congelado, y hasta la tierra se había detenido. ¿Había Keith, el amor de su vida, venido hasta aquí, sólo para verlo y no se encontraron? Mario podía escuchar sus propios latidos en sus oídos. Una gota de sudor rodó por su espalda entre sus omóplatos. Repentinamente, el calor era insoportable.
Lágrimas rodaban cayendo de la cara de su madre. Él nunca la había visto llorar así, ni siquiera cuando su padre se fue la última vez, para siempre.
“Yo no quería que te fueras,” ella se atragantaba entre sollozos.
“¡¿Qué?!” Dijo él, alzando su voz.
“Tú eras todo lo que yo tenía. Tienes que entender. No tengo a nadie más y no quería que te fueras. Yo estaba tratando de protegerte. Tu padre me dejó, y-“
“Mi padre te dejó porque él era un borracho. ¿Por qué tenías que haberme negado la única cosa que me hacía feliz?”
Mario saltó de su sillón, demasiado inquieto para quedarse sentado un segundo más. Su cuerpo estaba zumbando con electricidad. Él se sintió como si tuviera fuego en la punta de sus dedos y si tocaba algo, cualquier cosa, estallaría en llamas. Se sentía como si él estallaría en llamas. En su mente se agolpaban un millón de pensamientos. Su Keith, justo en el umbral de su puerta. ¿Cómo es que él nunca se había enterado de esto? ¿Por qué Keith no le había dejado una nota, aún y que solo fuera para decir adiós?
“Yo no quería que tu pasaras por la pena que yo pasé. El amor solo dura por un momento.”
“No, madre, no el verdadero amor. Eres…Eres…” ¿Cómo podía él poner en palabras toda la rabia, dolor, y traición que el sentía? Se sentía como si estuviera siendo despedazado.
“Lo sé. Sé que soy todo eso y… hay más…” dijo ella, sollozando tan fuerte que sus palabras eran casi ininteligibles.
“¿Más?” Él no estaba seguro de poder soportar más.
“Él piensa… Quiero decir, yo le dije que tú estabas…” Sus palabras se quebraron mientras ella comenzó a toser enfáticamente.
A lo mejor debería dejarla toser hasta que se muera, pensó Mario con rencor. Pero finalmente su empatía, así como su ansiedad por lo que ella tenía que decir, le imploró a llevarle a ella, algo de agua. Si ella muriera ahora, él nunca sabría, y él tenía que saber. Él prácticamente la forzó a que tragara el agua mientras ella jadeaba por respirar.
“¿Le dijiste que yo estaba qué? ¿Qué, madre? ¿Qué?, le preguntó él.
“¿Casado?” ¿No le dijiste que me había casado con alguien más, verdad?” Él no podía imaginar qué podía ser peor que eso. La simple idea de que Keith hubiera seguido con su vida, le había dolido tanto, que él no podía soportar pensar que su madre le hubiera infligido el mismo tipo de dolor a Keith.
Ella no contestaría. Él no se pudo contener, la sujetó y la sacudió. “¡Madre, dime!”
Ella se calmó lo suficiente para contestar, mirándolo aún más arrepentida que antes. Entonces, ella profirió una palabra: “Muerto.”
La impresión y el horror se lo tragaron como una ola gigantesca. Sus oídos le zumbaban, y él no podía creer que la había escuchado bien.
“¿Muerto?”
“Le dije que habías muerto en un horrible accidente. Él quería visitar tu tumba, pero le dije que, no habían quedado restos tuyos, así que…”
Mario sintió como si se estuviera ahogando. Su cuerpo se sintió lleno de vértigo e ingrávido, y él tuvo que esforzarse por tomar aire. Él meneó su cabeza para despejarla y parpadeó furiosamente, esperando que esto fuera solo un sueño del cual él despertaría.
Él cerró sus ojos apretándolos. A lo mejor cuando despertara, él aún estaría esperando por la carta. Quizás cuando el despertara, él todavía estaría llorando sobre su trapeador en la escuela primaria. Quizás cuando él despertara, él todavía estaría en el viñedo entibiado por el sol, acostado sobre el fragante pasto verde, con Keith acostado a su lado, con sus dedos entrelazados. En este punto, cualquier cosa sería mejor que estar aquí, ahora, sabiendo que su madre había arruinado toda oportunidad de volver a ser feliz para él. Y ella lo había hecho a propósito.
Su garganta estaba tan ahogada con odio, que tuvo que luchar para decir las palabras.
“Eres perversa, eres malvada, eres… Nunca volveré a hablar contigo otra vez. Nunca.”
Se volteó para salir de la habitación, furioso. Él no quería nada de su madre. Él se había pasado su vida entera tratando de hacerla feliz, tratando de ser suficientemente bueno, ¿y que le había dado ella a cambio? Ella nunca lo dejó vivir. Ella lo dejó morir un poquito cada día, sabiendo todo el tiempo que él pudiera haber tenido al menos una onza de felicidad. ¿Lo había odiado tanto ella, por haber nacido? ¿Realmente él le había robado a ella sus sueños? ¿Fue esta la manera de ella de obtener venganza?
“No trataré de detenerte esta vez,” ella le gritó débilmente, desde su cama. “Sé que me lo merezco, sé que merezco morir sola.”
Mario se dio la vuelta. “Ni siquiera trates de hacerme sentir culpable con uno de tus manipulativos-“
“No te estoy manipulando,” ella se quedó sin aliento ante la audacia de sus palabras.
Él rio con una risa amarga, una risa de indignación. “Tú me has manipulado desde el día en que nací, usando todos los medios que pudiste para arrastrarme en tus confabulaciones con él único propósito de servirte a ti misma. Yo solo he sido bueno contigo. Fui a los Estados Unidos para enviarte dinero a ti, renuncié al amor de mi vida por ti. Todo fue por ti, y ¡¿qué tengo yo para demostrarlo?! Tengo 34 años, y estoy atascado aquí, en este – este agujero del infierno viviendo contigo, la encarnación femenina del Diablo.”
Él escupió las palabras como si fueran veneno. Ella se quedó sin aliento, de la impresión.
Mario estaba cansado de ella, enfermo de sus mentiras, enfermo de su actuación, enfermo de sus cuerdas que lo estrangulaban y encadenaban al mundo que el odiaba. Él quería ser liberado, liberado de una vez por todas.
“No me des esa demostración dramática,” espetó él. No habrá ningún premio Oscar, ni Emmys, ni Tonys por tu actuación de hoy, madre. Lo que hiciste es abominable y por tu bien, espero que Dios te perdone.”
Por primera vez, que él pudiera recordar, su madre estaba pasmada en silencio. Furioso, salió de la habitación y, en nerviosa rabia, agarró las cosas que pudo y las metió dentro de una mochila. Él se iba. Él no sabía a donde iría, pero no se iba a quedar aquí una noche más con esa mujer. Que encuentre alguien más que la cuide, pensó él. Alguien que no tenga una vida, a quien no le importe que le roben cada fragmento de su libertad y su vida personal. O dejarla morir, sola.
Pero, ya saliendo de la casa, Mario se detuvo súbitamente en la puerta de entrada. ¿Realmente podría hacerlo? ¿Podría realmente dejar atrás la red de seguridad que por años le había servido como su excusa para no seguir a su corazón? ¿Podría él dejar a su propia madre sola, no importando cuánto ella se lo mereciera? ¿En qué clase de persona lo convertiría hacer eso – y, si había un Dios, así como su madre le había metido a golpes en su cabeza todos esos años, Él lo perdonaría?
Mario respiró profundamente. Esta era la parte que él odiaba. Ella siempre lo obligaba a regresar. Después de todo, ella era de su sangre. No había nada más fuerte que la sangre – bueno, quizás el amor verdadero, pero ella había destruido cualquiera de las posibilidades de él tener eso hace años. Ahora, él no tenía más que una brizna de esperanza de, que de alguna manera él pudiera reunir los pedazos y hacer una vida propia y que quizás Keith esperaría por él, soñando lo mismo que él. Y, sin embargo, él sabía lo que tenía que hacer.
Cuando Mario entró en la recámara, su madre lo miró, sus ojos estaban hinchados y rojos. Con su pequeño cuerpo envuelto en una bata y mantas, ella se veía más como una niña pequeña que como la anciana en la que se había convertido.
“Adiós, madre,” dijo él. “Le hablaré a Paula y le pediré que venga a ver que se te ofrece esta noche.”
Él ni siquiera se molestó en dejarla que respondiera, tan solo dejándola con el sonido del eco de sus pisadas mientras se dirigía afuera. Una resolución de acero se asentó en su pecho. Si podía haber perdón por quien él era, un hombre gay, podría haber perdón por lo que había hecho.
“¿Mario?”
Cuando él escuchó la voz detrás de él, Mario dio media vuelta y miró sorprendido. Su madre estaba en la entrada de su recámara – erguida sobre sus dos pies. Ella ya no estaba resollando o tosiendo; ella ya no era la mujer enferma que ella misma había presentado por las últimas pocas semanas, sino la correcta dama de su niñez que él recordaba. Él estaba confundido.
“¿Fui yo, sabes?” Su madre ahora estaba hablando con claridad, ya sin forzar sus palabras entre resuellos. “No sabía qué regalarte para tu cumpleaños y yo… yo te hice limpiar el cobertizo porque yo quería que encontraras esa carta. Yo le pedí a tu prima que la pusiera bajo las cajas porque yo sabía que si te quedabas ahí el tiempo suficiente, la encontrarías. ¿Puedo al menos tener el mérito de eso?
Mario la miró, la cara de él era una máscara inexpresiva. Aunque él se sintió como si un huracán lo hubiera arrasado, perturbando todo en lo que él creía, él se negó a darle a ella el beneficio de ver cuánto lo había agitado. La mujer a la que él había dedicado su vida entera, la mujer con la que había pasado innumerables noches sin dormir preocupado por ella, cuidando de ella, ahora estaba de pie frente a él saludable y fuerte. Ella en realidad, nunca lo había necesitado, él ahora se daba cuenta. Todo este tiempo, todo había sido una actuación, una completa mentira. No había nada que él le pudiera decir para transmitirle a ella el inmenso dolor, traición y rabia que él estaba sintiendo.
Su madre llegó a la cocina y sacó de un cajón una cajetilla de cigarrillos. La muerte en una varita. Su tos y resuellos eran gracias a eso, y ella todavía insistía.
“Siéntate,” dijo ella, cubriendo su cigarrillo con la mano mientras prendía el encendedor.
Sólo para desafiarla, el permaneció de pie mientras ella encendía su cigarrillo como una vieja profesional.
“Puede que no gane un Oscar, un Emmy o hasta un Tony, hijo, pero tienes que admitirlo, di la mejor actuación en la vida,” dijo su madre, dándole una profunda fumada al cigarrillo. “Yo iba a ser una actriz antes que tu… antes de que tu padre te dejara conmigo. Lo menos que podías haber hecho después de robarme mi futuro era quedarte conmigo.”
Aquí estaba ella otra vez, culpándolo. Después de todo lo que ella había hecho, y admitió hacer, ella iba a dejar caer la culpa sobre él de nuevo. Bueno, él le había permitido culparlo a él por todo lo que estaba mal en su vida, demasiado tiempo. Él había terminado.
“No, madre. Yo no te debo ni una maldita cosa.” Él se colgó su mochila en su hombro y comenzó a caminar para afuera de la puerta.
“¡Me vas a extrañar!” ella le dijo, gritando en la puerta. “¡Tú vas a regresar! ¿Mario? ¡Mario, regresa! ¡Regresa en este instante!”
Pero sus llamados cayeron en oídos sordos; él continuó caminando con convicción. Él sabía a dónde tenía que ir. Él sabía dónde estaba su corazón, y él iba a terminar lo que había comenzado hacía tantos años. Esta vez, él era más viejo y más sabio y estaba listo para tomar las riendas de su vida. La única persona que podía detenerlo esta vez era él mismo.
Quizás el no encontraría nada. Quizás Keith estaría con alguien más – pero él tenía que saber, él tenía que tratar. Él iba a regresar por el amor de su vida, si él lo viera.

CAPÍTULO 10

Había habido tantos momentos cuando Mario pensó que nunca llegaría al viñedo. Meses habían pasado desde que él, viajando mediante autostop hacia el norte de México logró llegar a la frontera y cruzar de contrabando, al otro lado. Él se enfrentó al calor, la suciedad, agotamiento, y temor, cuando las linternas del control fronterizo casi lo encontraban.
Pero él lo logró – y ahora él estaba parado a la entrada del viñedo.
El aroma de las uvas de vino llenaba su nariz, trayendo con él tantos recuerdos de tiempos pasados. Mientras caminaba por el polvoriento sendero, Mario pensó acerca del verano que él paso trabajando en los campos, el verano en el que él se enamoró por primera vez. Ahora, la casa se levantaba frente a él: un hogar estilo-plantación con columnas que parecían alcanzar los cielos. La casa era hermosa, pero muy necesitada de reparaciones – la pintura estaba resquebrajada, las tablas de madera del porche estaban flojas. A Mario casi le pareció que estaba abandonada; no había nadie que él pudiera ver alrededor. Pero aun así, mientras subía los escalones del porche principal, su corazón golpeaba en su pecho. El aullido de un viejo perro en la cercanía lo sobresaltó tanto que sintió que su corazón se le saldría por la boca. El feo chucho estaba prácticamente ciego, pero como lo olió en el aire, sus gruñidos se convirtieron en un amistoso ladrido y le lamió la mano.
La puerta de tela de alambre se abrió repentinamente, y, un hombre con un rifle salió. “¿Le puedo ayudar?” dijo la voz.
Mario reconoció la voz inmediatamente, y sintió como si una tibia mano se estuviese cerrando alrededor de su corazón.
Era el amor de su vida. Era Keith.
Él salió de bajo la sombra de la casa a la luz del sol y puso su mano sobre su cejas para que el sol no le deslumbrara y ver mejor. Él había madurado bien, los años habían sido buenos para él. Ni siquiera las finas líneas que habían comenzado a marcarse alrededor de su boca podían quitarle ese hermoso rostro y esos ojos azul cielo. Después de un momento, una sonrisa de reconocimiento iluminó el rostro de Keith.
“¿Mario?”
Ver de nuevo la sonrisa de Keith, sacudió el corazón de Mario, y Mario no pudo evitar sonreírle a cambio. “¿Keith?”
Keith puso cuidadosamente el rifle en el suelo y cuando miró hacia arriba, Mario pudo ver las lágrimas que habían llenado sus ojos. Mario corrió hacia él, y se abrazaron el uno al otro. El olor de Keith, un aroma familiar de luz de sol y vino y Old Spice, era como oxígeno para Mario. Ellos se quedaron abrazados muy juntos, y luego Keith lo besó.
Mientras Mario lo besaba anhelante, profundamente, apasionadamente, él supo que estaba en casa. Finalmente, él estaba en casa.
FIN

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